1 de julio de 2019

MINILECTURA. Fragmento de "PARAÍSO INHABITADO", de ANA MARÍA MATUTE (1925-2014).


Ana María Matute Ausejo (1925-2014), española

Cap. 1.

Nací cuando mis padres ya no se querían. Cristina, mi hermana mayor, era por entonces una jovencita displicente, cuya sola mirada me hacía culpable de alguna misteriosa ofensa hacia su persona, que nunca conseguí descifrar. En cuanto a mis hermanos Jerónimo y Fabián, gemelos y llenos de acné, no me hacían el menor caso. De modo que los primeros años de mi vida fueron bastante solitarios.
Uno de mis recuerdos más lejanos se remonta a la noche en que vi correr al Unicornio que vivía enmarcado en la reproducción de un famoso tapiz. Con asombrosa nitidez, le vi echar a correr y desaparecer por un ángulo del marco, para reaparecer enseguida y retomar su lugar; hermoso, blanquísimo y enigmático.
Nunca supe por qué razón el Unicornio había intentado escapar del cuadro y durante mucho tiempo me intrigó, y aun me atemorizó un poco. Por aquellos días yo no debía de tener más de cinco años —quizá sólo cuatro—, pero ese recuerdo tiene un lugar relevante entre los primeros de mi vida. A veces, los recuerdos se parecen a algunos objetos, aparentemente inútiles, por los que se siente un confuso apego. Sin saber muy bien por qué razón, no nos decidimos a tirarlos y acaban amontonándose al fondo de ese cajón que evitamos abrir, como si allí fuéramos a encontrar alguna cosa que no se desea, o incluso se teme vagamente.
Más o menos por aquellos tiempos en que vi echar a correr al Unicornio, fui enterándome, poco a poco, de que había nacido a destiempo. La primera noticia concreta la tuve durante mis prolongadas escuchas bajo la mesa del cuarto de la plancha. Junto a la cocina y el antiguo cuarto de jugar —ahora convertido en cuarto de estudio, porque Jerónimo y Fabián estudiaban allí, y aparentemente ya nadie jugaba en aquella familia— eran mis espacios habituales.
Las personas más cercanas a mí eran precisamente las que los frecuentaban y ocupaban: Tata María y la cocinera Isabel. Escondida debajo de la mesa de la plancha, escuchaba sus conversaciones, a menudo tan misteriosas que, cuando hablaban del mundo y la vida en general, me despertaban innumerables preguntas, pero si se referían a mí resultaban muy claras. De este modo tuve el temprano conocimiento de que había nacido tarde y en el momento menos oportuno para la familia.

MINILECTURA. "¡DILES QUE NO ME MATEN!", de JUAN RULFO (1917-1986).


Juan Rulfo (Juan Nepomuceno Carlos Pérez Rulfo Vizcaíno (1917-1986), mejicano.

-¡Diles que no me maten, Justino! Anda, vete a decirles eso. Que por caridad. Así diles. Diles que lo hagan por caridad.
-No puedo. Hay allí un sargento que no quiere oír hablar nada de ti.
-Haz que te oiga. Date tus mañas y dile que para sustos ya ha estado bueno. Dile que lo haga por caridad de Dios.
-No se trata de sustos. Parece que te van a matar de a de veras. Y yo ya no quiero volver allá.
-Anda otra vez. Solamente otra vez, a ver qué consigues.
-No. No tengo ganas de eso, yo soy tu hijo. Y si voy mucho con ellos, acabarán por saber quién soy y les dará por afusilarme a mí también. Es mejor dejar las cosas de este tamaño.
-Anda, Justino. Diles que tengan tantita lástima de mí. Nomás eso diles.
Justino apretó los dientes y movió la cabeza diciendo:
-No.
Y siguió sacudiendo la cabeza durante mucho rato.

MINILECTURA. "EL EXTRANJERO", de PEDRO ANTONIO DE ALARCÓN (1833-1891).


Pedro Antonio de Alarcón y Ariza (1833-1891), español.

I.

No consiste la fuerza en echar por tierra al enemigo, sino en domar la propia cólera, dice una máxima oriental.
No abuses de la victoria, añade un libro de nuestra religión.
Al culpado que cayere debajo de tu jurisdicción considérale hombre miserable, sujeto a las condiciones de la depravada naturaleza nuestra, y en todo cuanto estuviere de tu parte, sin hacer agravio a la contraria, muéstratele piadoso y clemente, porque, aunque los atributos de Dios son todos iguales, más resplandece y campea a nuestro ver el de la misericordia que el de la justicia, aconsejó, en fin, don Quijote a Sancho Panza.
Para dar realce a todas estas elevadísimas doctrinas, y cediendo también a un espíritu de equidad, nosotros, que nos complacemos frecuentemente en referir y celebrar los actos heroicos de los españoles durante la Guerra de la Independencia, y en condenar y maldecir la perfidia y crueldad de los invasores, vamos a narrar hoy un hecho que, sin entibiar en el corazón el amor a la patria, fortifica otro sentimiento no menos sublime y profundamente cristiano: el amor a nuestro prójimo; sentimiento que, si por congénita desventura de la humana especie, ha de transigir con la dura ley de la guerra, puede y debe resplandecer cuando el enemigo está humillado.
El hecho fue el siguiente, según me lo han contado personas dignas de entera fe que intervinieron en él muy de cerca y que todavía andan por el mundo. Oíd sus palabras textuales.

MINILECTURA. "JUBILACIÓN ANTICIPADA", de RAMÓN ASÍS ALONSO.


Siempre he tenido admiración por Chaplin. Un hombre que crea un personaje como Charlot debería haber sido indultado por Dios para que viviera siempre. Pero no hay Dios (en la mente de muchos sí) y eso Chaplin lo sabía, se le notaba. Por eso en sus películas administraba piedad, amor y patadas en el culo, para que sus personajes de ficción se fueran de esa vida con lo que habían merecido. Todo esto lo pensé después de ver su película A Dog´s Life ("Vida de perro", de 1918), sentado en mí sofá, al comenzar la noche, acompañado de una botella de Johnnie Walker etiqueta negra, medio vacía o medio llena, según se mire. Era mi primera noche después de haber dejado mi profesión por jubilación anticipada, a los cincuenta y cinco años.
Vivía por entonces solo. Fernanda, mi mujer y madre de mis dos hijos, Julio y Susana, se había cansado de mí. Eso dijo ella en la nota que dejó cuando se fue de casa. Pasaron los años y yo no experimentaba el menor deseo de tener una nueva pareja. De vez en cuando me hacía compañía, en mi cama, alguna amiga que no tuviera el peligro de quererse enredar en una madeja que luego cuesta deshacer.
El día de mi despedida de la oficina, en plenas navidades, brindamos con cava por mi futuro, futuro que a nadie importaba. La sala de reuniones estaba adornada de guirnaldas y otros adornos con motivo de las fiestas, lo que hizo el momento más alegre en general pero triste para mí en particular. El director me entregó, en nombre de la empresa, el clásico reloj de pulsera como recuerdo de mi estancia en ella. Mis compañeros me gastaron bromas dándome a entender que me iban a echar de menos. Recibí abrazos y besos. La cara de algunas compañeras, sobre todo con las que más había intimidado, trataban de disimular –sin éxito– cierta tristeza. Solo Silvia, al darme un abrazo y un beso sentido, me dijo al oído que si no había contraorden iría a mi casa a las diez, para despedirnos de verdad. Ella también se despedía de su soltería porque se iba a casar a la semana siguiente.
Y así fue.

MINILECTURA. Fragmento de "EL JARAMA", de RAFAEL SÁNCHEZ FERLOSIO (1927-2019)


Rafael Sánchez Ferlosio (1927-2019), español.
Premio Cervantes en 2004.

Gotas de vino resbalaron del cuello de Lucita y caían en el polvo.
—Pues Lucita tampoco lo hace mal esta tarde.
—No, ¡qué va! No se nos queda atrás.
Luci movía el pelo:
—Para que no digáis.
—Di tú que sí, monada. Hay que estar preparados para la vida moderna. Arrímame la botella, haz el favor.
Tito dijo:
—Despacio, tú también. Nadie nos corre.
—A mí, sí.
—Ah, entonces no digo nada. Toma la botellita, toma. ¿Y quién te corre, si se puede saber?
Daniel sonrió mirando a Tito; se encogía de hombros:
—La vida y tal.
Embuchó un trago largo. Tito y Lucita lo miraban.
—Aquí cada uno se vive su película —dijo ella.
—Eso será. Pues lo que es yo, me comía ahora un bocadillo de lomo de los de aquí te espero. Me ponía como un tigre.
—¿Tienes hambre? Pues mira a ver si apañas algo en las tarteras.
—¡Qué va!; bien visto lo tengo. Por lo menos la mía está más limpia que en el escaparate.
—Yo me parece que debe de quedarme una empanada o dos —dijo Lucita—.Alárgame la merendera que lo veamos.
—Mucho, Lucita. ¿Cuál es la tuya?
—La otra de más allá. Ésa. Lo único, que deben de estar deshechas a estas horas.
—Como si no. Ya lo verás qué pronto se rehacen.
Abrieron la tartera. Estaban las empanadas en el fondo, un poco desmigajadas.
Tito exclamó:

UNA MINILECTURA CADA DÍA. ÍNDICE


ÍNDICE de MINILECTURAS
(Lecturas de menos de 20 páginas).


► Acuña y Villanueva, Rosario. "La tristeza", in La siesta. Madrid: G. Estrada, 1882.

► Alarcón, Pedro Antonio de. "El extranjero" (1854).

► Alonso, Ramón Asís. "Jubilación anticipada", in Jubilación anticipada. Relatos. 2018.

► Anónimo y Manuel Machado: Fragmento del Cantar de Mío Cid- Poema Castilla.

► Anónimo. "De amores trata Rodrigo" (romance).

► Anónimo. "Romance de la penitencia del rey don Rodrigo" (romance).

► Anónimo. Ramiro II el monje y la campana de Huesca (romance).

► Castroviejo, Concha. El país que no tenía pájaros", in El país que no tenía pájaros. 1961.

► Berl, David K. "Situaciones de comunicación", in El proceso de comunicación. Introducción a la teoría y a la práctica. Buenos Aires: El Ateneo, 2002.

► Bowen, Elizabeth. "La amante del demonio", 1945.

► Davis, Flora. "La danza de las manos", in La comunicación no verbal, cap. XI. Madrid: Alianza, 2010.

► Delibes, Miguel de. "La cucaña", fragmento (cap. XVII) de El camino. Barcelona: Destino, 1950, pp. 185-189.

► Falukner, William. "Una rosa para Emily" (1930), in Cuentos reunidos. Madrid: Alfaguara, 2009.

► García Pavón, Francisco. "Servandín", in Cuentos republicanos (1952). Madrid: Taurus, 1961.

► Grandes, Almudena. "Bárbara contra la muerte", in Modelos de mujer. Barcelona: Anagrama, 1996, pp. 51-58.

► Guy de Maupassant, René Albert (1850-1893). Bola de sebo (1880).

► Hemingway, Ernest. "Los asesinos", in Scribner's Magazine, 1927.

► Hernández Iglesias, Fermín. "Biografía de fray Luis de León", in La Ilustración. Periódico Universal, VIII, 374 (28 de abril de 1856).

► Laforet, Carmen. "El regreso", in La niña y otros relatos. Madrid: Magisterio Español, 1970.

► Lee, Mackenzi. "La emperatriz Leizu y los gusanos de seda", in Las chicas rudas del pasado: 52 mujeres que cambiaron el mundo. México: Planeta, 2018.

► Lera, Ángel María de. Fragmento de "Los clarines del miedo" (capítulo VIII). Barcelona: Destino, 1958, pp. 159-172.

► Manuel, Juan. Cuento II: "Lo que le sucedió a un hombre bueno con su hijo", de El conde Lucanor.

► Manuel, Juan. Cuento V: "La zorra y el cuervo", de El conde Lucanor.

► Manuel, Juan. Cuento VII: "De lo que aconteció a una mujer que le decían doña Truhana", de El conde Lucanor.

► Matute, Ana María. Fragmento de "Paraíso inhabitado" (Caps. 1 y 2), in Paraíso inhabitado. Barcelona: Destino, 2008, pp. 7-23.

► Olmo, Lauro. "Tinajilla", in Golfos de bien y otros cuentos (1968). Madrid: Alianza Editorial, 2000, pp. 29-32.

► Pardo Bazán, Emilia. "El fondo del alma" (1907), in Obras Completas, 10 (ed. de Darío Villanueva y José Manuel González Herrán). Madrid: Fundación José Antonio Castro, 2005, pp. 5-8.

► Poe, Edgar Allan. "El cuervo", in New York Evening Mirror, 29 de enero de 1845.

► Quiroga, Horacio. "A la deriva", in Cuentos de amor, de locura y de muerte (1917).

► Rulfo, Juan. "¡Diles que no me maten!" (1951), in El llano en llamas (1953).

► Sánchez Ferlosio, Rafael. Fragmento de "El Jarama". Barcelona: destino, 1956.

► Sierra i Fabra. Jordi. "La elección del alcalde del Bosque Frondoso", in El bosque de papel. Madrid: SM, 1987.

► Vega, Garcilaso de la. Soneto XXIII: "En tanto que de rosa y azucena".

► Zambrano, María. "¿Por qué se escribe", in Revista de Occidente, XLIV, 132 (1934).







MINILECTURA. "BOLA DE SEBO", de RENÉ ALBERT GUY DE MAUPASSANT (1850-1893).


Guy de Maupassant, René Albert (1850-1893), francés.


Durante muchos días consecutivos pasaron por la ciudad restos del ejército derrotado. Más que tropas regulares, parecían hordas en dispersión. Los soldados llevaban las barbas crecidas y sucias, los uniformes hechos jirones, y llegaban con apariencia de cansancio, sin bandera, sin disciplina. Todos parecían abrumados y derrengados, incapaces de concebir una idea o de tomar una resolución; andaba sólo por costumbre y caían muertos de fatiga en cuanto se paraban. Los más eran movilizados, hombres pacíficos, muchos de los cuales no hicieron otra cosa en el mundo que disfrutar de sus rentas, y los abrumaba el peso del fusil; otros eran jóvenes voluntarios impresionables, prontos al terror y al entusiasmo, dispuestos fácilmente a huir o acometer; y mezclados con ellos iban algunos veteranos aguerridos, restos de una división destrozada en un terrible combate; artilleros de uniforme oscuro, alineados con reclutas de varias procedencias, entre los cuales aparecía el brillante casco de algún dragón tardo en el andar, que seguía difícilmente la marcha ligera de los infantes.
Compañías de francotiradores, bautizados con epítetos heroicos: Los Vengadores de la Derrota, Los Ciudadanos de la Tumba, Los Compañeros de la Muerte, aparecían a su vez con aspecto de facinerosos, capitaneados por antiguos almacenistas de paños o de cereales, convertidos en jefes gracias a su dinero —cuando no al tamaño de las guías de sus bigotes—, cargados de armas, de abrigos y de galones, que hablaban con voz campanuda, proyectaban planes de campaña y pretendían ser los únicos cimientos, el único sostén de Francia agonizante, cuyo peso moral gravitaba por entero sobre sus hombros de fanfarrones, a la vez que se mostraban temerosos de sus mismos soldados, gentes del bronce, muchos de ellos valientes, y también forajidos y truhanes.
Por entonces se dijo que los prusianos iban a entrar en Ruán.
La Guardia Nacional, que desde dos meses atrás practicaba con gran lujo de precauciones prudentes reconocimientos en los bosques vecinos, fusilando a veces a sus propios centinelas y aprestándose al combate cuando un conejo hacía crujir la hojarasca, se retiró a sus hogares. Las armas, los uniformes, todos los mortíferos arreos que hasta entonces derramaron el terror sobre las carreteras nacionales, entre leguas a la redonda, desaparecieron de repente.
Los últimos soldados franceses acababan de atravesar el Sena buscando el camino de Pont-Audemer por Saint-Severt y Bourg-Achard, y su general iba tras ellos entre dos de sus ayudantes, a pie, desalentado porque no podía intentar nada con jirones de un ejército deshecho y enloquecido por el terrible desastre de un pueblo acostumbrado a vencer y al presente vencido, sin gloria ni desquite, a pesar de su bravura legendaria.

MINILECTURA. "A LA DERIVA", de HORACIO QUIROGA (1878-1937).


Horacio (Silvestre) Quiroga Forteza (1878-1937), Uruguay.


El hombre pisó blanduzco, y en seguida sintió la mordedura en el pie. Saltó adelante, y al volverse con un juramento vio una yararacusú (serpiente venenosa. Vid. https://es.wikipedia.org/wiki/Bothrops_jararacussu) que arrollada sobre sí misma esperaba otro ataque.
El hombre echó una veloz ojeada a su pie, donde dos gotitas de sangre engrosaban dificultosamente, y sacó el machete de la cintura. La víbora vio la amenaza, y hundió más la cabeza en el centro mismo de su espiral; pero el machete cayó de lomo, dislocándole las vértebras.
El hombre se bajó hasta la mordedura, quitó las gotitas de sangre, y durante un instante contempló. Un dolor agudo nacía de los dos puntitos violetas, y comenzaba a invadir todo el pie. Apresuradamente se ligó el tobillo con su pañuelo y siguió por la picada hacia su rancho.
El dolor en el pie aumentaba, con sensación de tirante abultamiento, y de pronto el hombre sintió dos o tres fulgurantes puntadas que como relámpagos habían irradiado desde la herida hasta la mitad de la pantorrilla. Movía la pierna con dificultad; una metálica sequedad de garganta, seguida de sed quemante, le arrancó un nuevo juramento.
Llegó por fin al rancho, y se echó de brazos sobre la rueda de un trapiche. Los dos puntitos violeta desaparecían ahora en la monstruosa hinchazón del pie entero. La piel parecía adelgazada y a punto de ceder, de tensa. Quiso llamar a su mujer, y la voz se quebró en un ronco arrastre de garganta reseca. La sed lo devoraba.
—¡Dorotea! —alcanzó a lanzar en un estertor—. ¡Dame caña!
Su mujer corrió con un vaso lleno, que el hombre sorbió en tres tragos. Pero no había sentido gusto alguno.
—¡Te pedí caña, no agua! —rugió de nuevo. ¡Dame caña!
—¡Pero es caña, Paulino! —protestó la mujer espantada.
—¡No, me diste agua! ¡Quiero caña, te digo!
La mujer corrió otra vez, volviendo con la damajuana. El hombre tragó uno tras otro dos vasos, pero no sintió nada en la garganta.
—Bueno; esto se pone feo —murmuró entonces, mirando su pie lívido y ya con lustre gangrenoso. Sobre la honda ligadura del pañuelo, la carne desbordaba como una monstruosa morcilla.
Los dolores fulgurantes se sucedían en continuos relampagueos, y llegaban ahora a la ingle. La atroz sequedad de garganta que el aliento parecía caldear más, aumentaba a la par. Cuando pretendió incorporarse, un fulminante vómito lo mantuvo medio minuto con la frente apoyada en la rueda de palo.

MINILECTURA. Fragmento de "LOS CLARINES DEL MIEDO", de ANGEL MARÍA DE LERA (1912-1984).


Ángel María de Lera (1912-1984), español

Nadie se acordaba del toro. El animal, temeroso de las iras desencadenadas de la gente que corría hacia la presidencia por el pasillo de la barrera o saltando de carro en carro, se fue al otro extremo de la plaza. Y allí se quedó mirándolo todo como un espectador intruso, con su pitón bermejo y su media cara teñida con la sangre del «Filigranas».
Los civiles, duchos en la táctica de los alborotos, se fueron replegando hasta situarse hombro con hombro bajo el tablado de las autoridades. Las barbillas de los civiles, más agudas, parecían querer escaparse de los barboquejos; sus manos, morenas y vellosas, apretaban más fuertemente las bocas de los fusiles; los ojos, ensombrecidos por las fruncidas cejas, miraban con más recelo…
El «Aceituno», cuando desapareció el grupo que transportaba a su compañero, se dio cuenta de la terrible amenaza que se cernía sobre él. Junto a su cara, veinte rostros ceñudos, veinte pares de ojos ardiendo de alcohol y furia y, sobre él, veinte garrotes en el aire… Y, detrás, la masa borrosa, como una mole que se le venía encima. De un tirón se arrancó de las manos del «Raposo» y se fue corriendo en busca del amparo de los guardias cuyos tricornios divisó a la primera ojeada. El pobre torero trataba de reír al tiempo que le caían las lágrimas de los ojos, pero los guardias permanecieron impasibles.
—¡Señor alcalde, señor alcalde! —gritó a Román, con los brazos extendidos, implorantes.
—¡Cállate, badanas! —le gritaron.
—¡Cobarde!
—¡Capón!
Le pinchaban los silbidos por más que se tapaba las orejas. Y era una feroz pedrea de insultos mientras él seguía gritando desesperadamente:
—¡Señor alcalde, señor alcalde!
Pero su voz se perdía sin poder llegar a los oídos de Román. Ya los mozos se habían echado sobre él y más de unos puños arteros habían conseguido golpearle. Menos mal que los guardias le habían dejado colocarse entre ellos, guardándole así los flancos, y cerraron tras él los fusiles levantados para protegerle la retaguardia. Ya los civiles estaban pálidos y nerviosos. La presión física de los asaltantes había despertado en ellos todas las advertencias reglamentarias y empezaron a dar codazos y a amenazar con las culatas. Pero su actitud, en vez de calmar los ánimos, produjo una irritación más violenta en la multitud, especialmente en los que estaban más detrás y venían empujando y vociferando sin inmediato riesgo. Y las mujeres, puestas en pie, llamaban con voces histéricas a los hombres de su familia…

MINILECTURA. "LA CUCAÑA", fragmento de "EL CAMINO", de MIGUEL DELIBES (1920-2010).


Miguel Delibes Setién (1920-2010), español.

CAP. XVII.

[...] Cuando terminó la misa, la Guindilla les felicitó y les obsequió con un chupete a cada uno. Daniel, el Mochuelo, lo guardó en el bolsillo subrepticiamente, como una vergüenza.
Ya en el atrio, dos envidiosos le dijeron al pasar «niña, marica», pero Daniel, el Mochuelo, no les hizo ningún caso. Ciertamente, sin el Moñigo guardándole las espaldas, se sentía blando y como indefenso. A la puerta de la iglesia la gente hablaba del sermón de don José. Un poco apartada, a la izquierda, Daniel, el Mochuelo, divisó a la Mica. Le sonrió ella.
—Habéis cantado muy bien, muy bien —dijo, y le besó en la frente.
Los diez años del Mochuelo se pusieron ansiosamente de puntillas. Pero fue en vano. Ella ya le había besado. Ahora la Mica volvía a sonreír, pero no era a él. Se acercaba a ella un hombre joven, delgado y vestido de luto. Ambos se cogieron de las manos y se miraron de un modo que no le gustó al Mochuelo.
—¿Qué te ha parecido? —dijo ella.
—Encantador; todo encantador —dijo él.
Y entonces, Daniel, el Mochuelo, acongojado por no sabía qué extraño presentimiento, se apartó de ellos y vio que toda la gente se daba codazos y golpecitos y miraban de un lado a otro de reojo y se decían con voz queda: «Mira, es el novio de la Mica», «Mira, es el novio de la Mica», «¡Caramba! Ha venido el novio de la Mica», «Es guapo el novio de la Mica», «No está mal el novio de la Mica». Y ninguno quitaba el ojo del hombre joven delgado y vestido de luto, que tenía entre las suyas las manos de la Mica.