27 de julio de 2020

MINILECTURA. "BIOGRAFÍA DE FRAY LUIS DE LEÓN", de FERMÍN HERNÁNDEZ IGLESIAS (España, 1833-1909).



FRAY LUIS DE LEÓN.

por FERMÍN HERNÁNDEZ IGLESIAS.
Salamanca, 10 de abril de 1856.
"La Ilustración. Periódico Universal", número 374, Tomo VIII, de fecha 28-04-1856, pp. 2-4 (162-164 del Tomo).


[Pág. 2: 162 del Tomo].
El siglo XVI fue todo español, y aún con la antítesis que forman el genio expansivo y emprendedor de Carlos de Austria y el carácter tétrico e intolerante de Felipe II, brillante ropaje viste nuestra nación, bastante a encubrir por entonces el cáncer que empieza a devorarla. Instrumento de la Providencia, Carlos I, como lo son todos los grandes trastornadores del mundo, favorece sin saberlo, la vida de relación entre los pueblos; y duro Felipe II y enérgico contra la reforma, no puede salvar nuestra nacionalidad eminentemente católica, sin que la empañen la sangre de los tormentos y el humo de las hogueras. Uno y otro hemisferio admiran el valor de nuestros soldados, y los discípulos de Lutero, como los sectarios del Corán, resisten con dificultad su arrojo; los artistas españoles aprenden en Italia y acaban por crearse una vigorosa originalidad; nuestra lengua es europea, y el gusto, las modas y costumbres de los españoles, imperan en la literatura y en los trajes, teatros y salones diplomáticos de todos los países cultos.

[Pág. 3: 163 del Tomo].
Con razón Felipe II, llamaba a la capital del vecino imperio «mi bella ciudad de París». En medio de tanta grandeza, tres hechos culminantes caracterizan aquel siglo, y tres fases diversas nos ofrece la vida del agustino de Salamanca. El Santo Oficio usurpa las facultades de la magistratura, invade las atribuciones de las Cortes, y receloso y suspicaz, oprime la inteligencia y suspende en su progreso las ciencias políticas sociales. Fr. Luis de León, independiente como todo genio elevado, iniciador como toda imaginación brillante, cinco años estuvo preso en las cárceles secretas de la inquisición de Valladolid. A la reforma religiosa sucede la «reacción»; un fraile agustino rompe en Alemania la unidad de la Iglesia, y un militar español se levanta a defenderla y crea en la compañía de Jesús el defensor más decidido de la autoridad pontificia; y cuando el panadero de Hardem y el sastre de Leyden predicaban sus extravagantes aberraciones, España abundó en escritores ascéticos y místicos, como Fr. Luis, restaurador erudito a la par de los libros sagrados, y recordó sus triunfos militares, y estableció el alcázar de sus reyes, en un monasterio, símbolo grandioso de lo que fueron nuestras artes. El siglo de oro de la literatura española da a nuestro idioma todo su vigor, riqueza y armonía; la poesía, con especialidad, toma formas muy varias, y el vate de Belmonte, con una naturalidad que encanta, con esa elevación de pensamientos, que como al descuido expone, fue acaso el que creó la oda española.

Hijo, nuestro célebre poeta, del licenciado D. Lope de León, oidor de la chancillería de Granada, y de doña Inés de Varela, nació por los años de 1527 en la villa de Belmonte (Cuenca)1, donde pasó los primeros años de su vida. Como D. Lope era abogado de la corte, hubo de seguirla a Madrid y Valladolid, y Luis le acompañaba: contaba ya catorce años de edad cuando su padre le envió a Salamanca para que estudiara cánones; pero como desconociera las caricias maternas, como se veía postergado, quizás en el cariño paterno, a sus hermanos mayores, se desarrolló en él inclinación lan decidida por el retiro, que tomó el hábito de San Agustín en el monasterio que hubo en esta ciudad, y en 29 de enero de 1544 pronunció el solemne voto que le arrancaba del mundo.
NOTA 1 del autor:
Así lo declara él mismo en la primera audiencia que le concedió el inquisidor, doctor Guijarro de Mercado, en Valladolid, a 15 de abril de 1572. Le han creído natural de Granada el licenciado D. Francisco Bermúdez de Pedraza, "Antigüedades y excelencias de Granada", 1608; el licenciado Luis Muñoz, "Vida del M(aes)tro Fr. Luis de Granada", 1639; Fr. Tomás de Herrera, "Historia del convento de San Agustín de Salamanca", Madrid, 1652, y los SS.Redactores del 'Parnaso español", Madrid, 1771, siguiendo después esta misma opinión Mr. Sismondi de Sismondi, Mr. Viardot, Capmany, D. José Amador de los Ríos y la mayor parte de los que han escrito acerca de Fr. Luis de León. Fr. Manuel Vidal, "Agustinos de Salamanca", Salamanca, 1731, dice que fue natural de Madrid, según se presume... o acaso de Belmonte.
[añadido mío → y de aquí partirá la confusión también de nombrarlo como de Belmonte de Tajo (Madrid)].

Discípulo de los más célebres maestros que tuvo nuestra Universidad, Canos, Sotos y Guevaras, dedicado con afán a los estudios teológicos y lingüísticos, y virtuoso hasta la severidad en su conducta, redactó y explicó en su convento unas veces, y otras en la Universidad, curiosas disertaciones, de (las) que conservamos noticia. Su reputación literaria y científica crecía con su modestia: los maestros apreciaban con valía sus opiniones; sus compañeros, entre los que se contaron hombres tan eminentes como el Brocense, Arias Montano, Grial Y Salinas, le consultaban, y sus discípulos acogían con fe las doctrinas del agustino. En 1560 se graduó sucesivamente de licenciado y doctor en teología, no sin embarazos que trataron de oponerle sus enemigos, y de (los) que obran documentos en el archivo de esta Universidad, y sucesivamente obtuvo por inusitados triunfos las cátedras de Santo Tomás y de Durando. En sus aulas no cabía la concurrencia; sus discípulos brillaban ya; entonces el V. Suárez y Fr. Pedro de Aragón adquirieron el buen gusto y saber que brillan en sus obras, y la Universidad daba un justo tributo a la extensión de conocimientos de Fr. Luis, encargándole, con el doctor Miguel Francés, la reducción del Calendario, después de celebrado el último concilio general.


La envidia se revela contra todo lo grande o bello; las conciencias pusilánimes se inquietan en presencia de un pensamiento iniciador y luminoso; los genios inaugurados, ni tolerar saben formas que no pueden apreciar; esto que sucedió en todos tiempos, y que han visto todos los pueblos, preparó la desgracia de Fr. Luis de León. Hubo entre sus compañeros quien le juzgaba «atrevido y desenvuelto en sus explicaciones»; creyéndose obligado a oírlas lo menos posible, y, ¡dolor causa el revelarlo!, cuando ya estaba preso, un catedrático de esta Universidad le acusó de «ser muy afecto a cosas nuevas», añadiendo que «esto es lo principal que se debía remediar», y aun hubo quien hizo alarde de negarse a estudiar sus doctrinas, «porque no quería saber novedades que quitaban el sueño». Causas existieron que ya conocemos2, y que dieron armas contra el sabio agustino.
NOTA 2 del autor:
Éstas, como la mayor parte de las noticias inéditas que se leen en esta biografía, han sido extractadas del proceso seguido contra Fr. Luis de León por el Santo Oficio, y publicado por vez primera en la preciosa «Colección de documentos inéditos para la historia de España», debida a la laboriosidad e ilustrada elección de los eruditos académicos de la historia, D. Miguel Salvá y D. Pedro Sáinz de Baranda. Madrid (Imprenta de la viuda de Calero, 1847). Tomos 10 y 11.

Las órdenes de Santo Domingo y San Gerónimo estaban en pugna constante con la de San Agustín: aparte de que las separaba su diversa solución a varias cuestiones teológicas, como se disputaban las cátedras de la Universidad, interesando en el triunfo la gloria de todo el instituto, no podían olvidar que Fr. Luis había vencido, como opositor, en cuantas competencias hubiera con dominicos y gerónimos, y como juez había sostenido siempre el prestigio de los agustinos. Dominicos eran, y objeto a la par de aquellos triunfos de Fr. Luis, los catedráticos León de Castro y Bartolomé de Medina, promovedores de la persecución que le amenazaba; dominicos y por él vencidos en ejercicios literarios los que con más acrimonia le dirigieron acusaciones.

Había sustentado Fr. Luis de León, de palabra y por escrito, luminosas proposiciones sobre la autoridad y defectos de la versión Vulgata. Nada importaba que en un acto mayor los maestros de teología se vieron obligados a sostener las mismas doctrinas; que consultadas con los principales españoles que en Roma y en Lovaina, en Alcalá y Valladolid, en Madrid y Sevilla, y en casi todos los establecimientos literarios del reino, hubieran recibido general aceptación, tanto brilló cegó a sus enemigos, obra de aquel virtuoso agustino; no podía ser buena, porque era amigo de los maestros Grajal y Martínez, afectos a cosas nuevas, y sostenedores de doctrinas que entonces se calificaron (de) contrarias a la fe.

Por los años de 1561, a instancias de doña Isabel Osorio, religiosa de Santi Spiritus de esta ciudad, hizo Fr. Luis de León una versión y breves comentarios en lengua castellana, de los cantares de Salomón, sirviéndose de la que había escrito Benito Arias Montano. Pronto volvió el original a poder de Fr. Luis, según convenido estaba; pero un fraile que cuidaba de su Celda tomó en secreto una copia, y cuando el autor quiso recoger las que de esta se hicieran, le fue imposible, porque se había propagado maravillosamente. Nadie había tachado la traducción; antes bien había sido justamente apreciada en España y fuera de ella; solo sus enfermedades impidieron á Fr. Luis hacer una edición latina, que oscureciera hasta el recuerdo de aquella; pero estaba infringida la prohibición de publicar en lengua vulgar los libros de las Sagradas Escrituras.

Por último, tratábase de suprimir la Exposición de Vatablo, y el Santo Olicio exigió que la calificara esta Universidad. En el hospital de las escuelas y casa del decano, maestro Francisco Sancho, en reuniones privadas y hasta casuales, cuestionaron con calor los catedráticos de teología; viéronse frente a frente los que figuraban como innovadores y sus adversarios, y saciaron enemistades personales, y se dirigieron repugnantes insultos: el mismo Fr. Luis dice que voceaban y no se entendían. Si a esto se añade que el catedrático de Durando contribuyó a que el consejo prohibiera una obra que ya tenía impresa el maestro León de Castro, ¿quién no explicará que al poco tiempo se dirigieran inculpaciones mil, infundadas y hasta contradictorias, al que había trabajado más en enmendar la Biblia de Vatablo? El maestro Fr. Bartolomé de Medina, que había prometido vengarse, reunió estudiantes en su celda, y recogió sus pensamientos y firmas contra la reputación acrisolada de Fr. Luis; y como la Santa Inquisición era intolerante en materias teológicas, como perseguía con rigor todo lo que lastimar pudiera en lo más mínimo al catolicismo, tal como el monarca y los inquisidores lo entendían, nuestro agustino fue llevado preso a las cárceles secretas de la inquisición de Valladolid, en virtud de mandamiento despachado en 26 de marzo de 1572, con secuestro de bienes.

«Es cosa ordinaria, decía León, viendo a uno preso por este Santo Oficio, decir el vulgo mil cosas, sin pies ni cabeza». En las principales universidades y conventos de la Península y de nuestras posesiones americanas, se acogieron acusaciones, sin advertir que Fr. Luís puede contestar con sus escritos, y mejor con su conducta, a los cargos frecuentemente ridículos que le hacen, y que retratan bien al tribunal que entonces era, si no la cabeza, el brazo derecho del monarca español. Parecía que la Inquisición recordaba en el agustino de Salamanca al de Wilemberg, y de seguro no olvidaba que en el siglo anterior, Pedro de Osma había defendido públicamente y en las mismas aulas doctrinas protestantes. El fiscal declara, que el traductor de los Cantares de Salomón había incurrido en la pena de excomunión mayor, y pida que sea puesto en el tormento; Fr. Luis enferma, y enternece con las vivas descripciones que hace a los jueces de lo aflictivo de su posición, y las quejas que les dirige por la arbitrariedad con que procedían. A pesar de que todo le favorece, hasta el 7 de diciembre de 1576 no fue absuelto, y admira la multitud de escritos de letra propia, que presentó para su defensa, porque ventilan con suma erudición muchas cuestiones teológicas.

De este triste período de la vida de León son las primeras poesías que conservamos, y en la cárcel escribió los "Nombres de Cristo" y la preciosa obrita, "In Psalmum XXVI Explanatio". Desconsolador es en verdad que a los desastres, a las persecuciones y a las cárceles, deba la humanidad tan importantes elementos para su desarrollo: en la misma época, entre el torbellino de las batallas, que matan todo sentimiento tierno, y del choque de las lanzas y de los escudos, salieron chispas de inspiración para Jorge Manrique y Boscán, Mendoza y Garcilaso, Lope de Vega, Ercilla y Cervantes. Y no aparezca imposible que se desarrollase el genio, tan comprimido entonces bajo al enorme peso del Santo Oficio: era solo inexorable en materias teológicas, y pocos sabios que las trataron se librarían de su terrible poder; por lo mismo, el inofensivo campo de la poesía estaba libre para todos y, como dice un moderno historiador, complacía a los inquisidores y al monarca, que los poetas se entretuvieran en cantar los amores tiernos de los pastores, y los dulces desdenes de las esquivas zagalas. No pudiendo España producir filósofos, se indemnizó en producir abundancia de poetas. El Parnaso era el campo más libre, y refugiándose a él las inteligencias independientes de los españoles, hicieron de la poesía una especie de soberana de la literatura.

Luego que Fr. Luis obtuvo su libertad, de Salamanca salieron a recibirle en triunfo las personas más distinguidas, y en claustro pleno fue admitido a su cátedra y a todos los honores, a pesar de que insistiera en renunciarlos. Entonces también, la Universidad, reconocida, le señaló una pensión por explicar públicamente Sagrada Escritura, y en el primer día lectivo, ante la numerosa concurrencia que ansiaba oír su voz y admirar su saber, pronunció el tan celebrado como expresivo «dicebamus hesterna die» ["como decíamos ayer]. Espectáculo interesante el que ofreciera en aquel momento la cátedra de nuestro agustin: fijas en él con avidez suma las miradas de los concurrentes, cuando esperaban todos oír siquier el simple relato de sus desgracias, bastante acusador por sí mismo, él, radiante de alegría, con la frase más digna de un mártir, porque ni recuerda la ofensa al perdonarla, suprime el tiempo de sus persecuciones y reanuda su discurso con la última explicación. Desde entonces se ocupó con más interés en continuar algunos y emprender los más de sus importantes escritos; pero hubo necesidad de que su provincial le obligase a publicarlos.

Estando Fr. Luis en Madrid, conoció a la celebrada Madre Ana de Jesús en cuya obsequio escribió la vida del Santo Job; el Consejo Real le encargó la difícil cuanto honrosa obra de corregir los escritos de Santa Teresa, y la desempeñó con todo el acierto que prometían sus celebradas dotes, publicándolos en 1587 con un elegante y erudito prefacio. «El trabajo que he puesto ni ellos, dice, no ha sido pequeño, porque no solamente he trabajado en verlos y examinarlos, que es lo que el Consejo me mandó, sino en cotejarlos con los originales mismos, que estuvieron en mi poder muchos días». La comisión no pudo ser más oportuna: otro que el autor de los «Nombres de Cristo» no hubiera entonces comprendido el ascetismo de aquella mujer divina, para quien el amor es la virtud que todo lo allana, que llora con los que lloran, hinche su corazón de gozo contemplando la faz de Dios, y ora con todos y por todos. «Seguidla, seguidla, decía Fr. Luis de León; el Espíritu Santo habla por su boca». Ni pudiéramos hallar testimonio más recomendable de las bellas dotes literarias de la mujer más grande de su siglo , que el que con su habitual sencillez nos dejó León en el prefacio citado: «Si no la vi, dice, mientras estuvo en tierra, ahora la veo en sus libros y fojas... y en la forma de decir, y en la pureza y facilidad del estilo, y en la gracia y buena compostura de las palabras, y en una elegancia desafectada, que deleita en extremo, dudo que haya en nuestra lengua escritura que con ella se iguale». La hermana de Felipe II encargó a Fr. Luis que escribiera la biografía de Santa Teresa, «persuadida, como dijo Fr. Diego de Yepes, de que ninguno había entonces que mejor pudiera satisfacer a este argumento y a su deseo»: el segundo duque de Feria le pidió que redactara un «Tratado de las obligaciones de los Estados»; pero careció de tiempo para concluir tales trabajos.

Aquel corazón delicado y tierno, renunciaba con placer a todas las vanidades del mundo, cuando en la isleta que aún forma el Tormes, junto a una casa de campo propiedad de su convento, se dedicaba a leer las obras del inmortal Fr. Luis de Granada: sin embargo, su orden le abrumó con las más delicadas comisiones, y en 1591 le nombró Vicario General de la provincia de Castilla, y en el capítulo que en 14 de agosto del mismo se celebró en Madrigal, fue electo provincial. Solo eran pasados nueve días cuando Fr. Luis de León murió en la misma villa, siendo de sesenta y cuatro años de edad. La universidad de Salamanca perdió una de sus más brillantes glorias; la disciplina monástica, al entusiasta defensor de su primitiva pureza; la Iglesia, un mártir de su fe, y el siglo de oro de nuestra literatura, uno de los genios que inmortalizarán aquel renombre.

El cuerpo del provincial agustino fue trasladado a su convento de esta ciudad, y depositado en un ángulo del claustro que llamaban de los santos, por los eminentes hombres que ahí tenían sus sepulcros. El convento había sido derruido en estos últimos años; las lápidas de los sepulcros arrancadas, y mole enorme de escombros cubría los restos del eminente lírico español. Todos los que alguna vez han sentido latir su corazón al recuerdo de las glorias nacionales, deploraban que nuestro siglo no pudiera tributar al cantor de la «Vida del campo», las tiernas ovaciones que inspira el sentimiento de la inmortalidad del genio; la juventud literaria salmantina ha sido incansable en procurar que fuera rescatado tesoro tan precioso, hasta que fue llegado el día de poder anunciar al mundo científico y literario , que en este nuestro siglo, tachado de positivismo y de cálculo , aún hay quien posea sentimientos delicados, que algunos seres parecen condenados a no comprender, pero con que han sido ricamente dotadas las almas sensibles. La comisión de monumentos históricos y artísticos de esta provincia ha merecido bien de la España culta; la conducta de todas las autoridades y corporaciones de Salamanca que secundaron con interés los esfuerzos de aquélla, será siempre digna de elogio. La patria adoptiva de Fr. Luis de León, la culta Salamanca, ha tributado al autor de la «Profecía del Tajo», digna apoteosis: en medio de una concurrencia numerosísima y con pompa inusitada, fueron trasladados sus restos desde la catedral a la capilla de San Gerónimo de la Universidad, donde quedaron depositados; y esta municipalidad tiene acordado dar a la Plazuela que ocupaba el ex-convento de San Agustín, el nombre de Fr. Luis de León, adornándola del mejor modo posible, y levantar en ella, si sus recursos lo permiten, un sencillo monumento a la memoria del lírico español.
[Nota mía: Con fecha 25 de abril de 1869 se erigió estatua al maestro fray Luis de León]

Gran número de los escritos de Fr. Luis de León permanecen inéditos3, muchos perecieron en el incendio que en 1744 devoró parte de su convento, y no pocos figurarán bajo otro nombre que el de su autor. Ya en su tiempo, según decía a D. Pedro Portocarrero, se atribuían sus poesías a otra persona religiosa que, creyéndose en esto maltratada por la opinión, hubo de rogarle que las publicase bajo su nombre; quiso hacerlo, pero contestaba que vencía su gusto, y aún escrita la dedicatoria, no vieron entonces la luz pública.
NOTA 3 del autor:
La Inquisición halló entre sus M. S. curiosas disertaciones sobre cuestiones teológicas, como fueron un sermón pronunciado en la fiesta que la Universidad hizo a San Agustín, un discurso en la oposición a la cátedra de Santo Tomás, y tantos otros sobre los siguientes objetos: venida del Mesías; diferencia de la gracia del Viejo y del Nuevo Testamento; satisfacción que ha de seguir a la penitencia; promessas de la ley vieja, de gratia et justilieatione; cantares de Salomón; si la Virgen pecó alguna vez venialmente; que Nuestra Señora tenía más gracia que todos los santos juntos; epístola a los Hebreos; de malo, de fide, de ratione, auctoritate et interpretatione Sacrae Scripturae. También son citados como escritos suyos en prosa: varias lecturas teológicas, la mayor parte expositivas; oración fúnebre en honor de Fr. Domingo de Soto; elogio de San Agustín; discurso pronunciado en el capítulo provincial de 1S57; Comentarum super Apocalipsim; de triplice conjuntione fidelium cum Christo; El perfecto predicador, y un tratado de los hechos y paciencia del Santo Job.

Notorias son la ciencia y erudición con que trató toda clase de cuestiones; repetidas ediciones se han hecho de sus escritos en latín teológicos y lingüísticos4, y no pocas existen de las obras morales o filosóficas que publicó en el idioma patrio. Prescindiendo de su profunda filosofía, sublimes pensamientos y enérgicos raciocinios, todas abundan, «Los nombres de Cristo» y «La Perfecta Casada» especialmente, en trozos verdaderamente oratorios. Dos escritores de aquel siglo adquirieron en la elocuencia renombre inmortal, Fr. Luis de Granada y Fr. Luis de León, que se conocen con la denominación fraternal de los dos Luises. Creen algunos que no es fácil decidir cuál de ellos ganó la palma de la elocuencia sagrada; pero a pesar de nuestro entusiasmo por el lírico español, no dudamos concedérsela a Granada: su elocuencia es más fácil y abundante, hay más grandiosidad en sus imágenes, y la armonía y cadencia que con tanto afán procuraba León, son naturales en aquel; en cambio, el vate de Belmonte es más original, sus períodos son más rotundos, y su lenguaje grave y subido, con un sabor de antigüedad lleno de majestad y grandeza, nunca se vio la lengua castellana manejada con tan admirable perfección.
NOTA 4 del autor:
Si se quieren datos más minuciosos, históricos o bibliográficos, acerca de Fr. Luis de León, puede consultarse su biografía, publicada con más extensión en el "Álbum Salmantino", números del 11, 12, 13 y 14, y en el "Semanario Pintoresco Español", 1854 [ número 51, pp. 407 a 408 y número 52, pp. 409 a 413].

[Pág. 4: 164 del Tomo].

Fr. Luis de León fue el escritor del siglo XVI que más esplendor dio a nuestro idioma: él mismo nos describe los progresos que el arte hiciera bajo su pluma, la constancia con que trabajaba, y el arrojo que necesitó para arrostrar la envidia de muchos y avergonzar la ignorancia de algunos contemporáneos suyos. «Dicen que no hablo romance, se lee en la introducción al libro 3.° de "Los Nombres de Cristo", porque no hablo desatadamente y sin orden, y porque pongo en las palabras concierto, y las escojo, y les doy su lugar; porque piensan que hablar romance es hablar como se habla en el vulgo, y no conocen que el bien hablar no es común, sino negocio de particular juicio, ansí en lo que se dice, como en la manera como se dice, y negocio que de las palabras que todos hablan elige las que convienen, y mira el sonido de ellas, y aun cuenta a veces las letras, y las pesa, y las mide, y las compone, para que no solamente digan con claridad lo que se pretende decir, sino también con armonía y dulzura... Y si acaso digesen que es novedad, yo confieso que es nuevo y camino no usado por los que escriben en esta lengua, poner en ella número, levantándola del descaimiento ordinario. El cual camino quise yo abrir, no por la presunción que tengo de mí, que sé bien la pequeñez de mis fuerzas, sino para que los que las tienen se animen a tratar de aquí adelante su lengua como los sabios y elocuentes pasados, cuyas obras por tantos siglos viven, trataron las suyas, y para que la igualen en esta parte que le falta, con las lenguas mejores, a las cuales, según mi juicio, vence ella en otras muchas virtudes». Acaso este buen deseo, que tanto contribuyó a probar la riqueza de nuestra lengua, fue exagerado en León; por esto con frecuencia se resisten algunos períodos de demasiado estudio y violencia en la colocación; pero nunca pierde su estilo el carácter general de apacible dulzura, su dicción es siempre animada, limpia y armoniosa.

Erudito es León y gran conocedor de las lenguas sabias en su "Traducción y comentarios de los cantares de Salomón": explica con evangélica piedad el amor divino y describe con rasgos delicadísimos la más grande de las afecciones humanas; consulta las traducciones griegas y latinas, y encuentra en nuestra lengua figuras y modismos hebraicos; «porque a la verdad, responde con la hebrea en muchas cosas». El objeto de Fr. Luis en este escrito no fue explicar, como habían ya hecho otros, la idea mística que envuelve el idilio más tierno de todos los idiomas, sino «declarar la corteza de la letra así llanamente... el sonido della y aquello en que está la fuerza de la comparación y del requiebro». En la 'Exposición del libro de Job' se ve lo mismo, y es de lamentar que se limitara tanto a lo material de las palabras, porque en otro caso fuera un modelo de propiedad hebraica, como lo es de fidelidad y buen decir.

Hemos estudiado a Fr. Luis de León como prosista, y vamos a admirarle como poeta, porque si merecidos elogios se tributan al autor do "Los nombres de Cristo", más dignos serán para el que pudo dar a la poesía un carácter no conocido hasta su tiempo, con unas «obrecillas que entre las ocupaciones de sus estudios, en su mocedad y casi en su niñez, se le cayeron como de entre las manos». Las traducciones de León forman la segunda y más extensa parte de sus poesías, y en ellas se propuso «mostrar, que nuestra lengua recibe bien todo lo que se le encomienda, y que no es dura, ni pobre, como algunos dicen, sino de cera y abundante para los que la saben tratar». Mucho de su gran mérito debió León a sus traducciones bíblicas: Job en su libro, el más sublime de poesía filosófica; el rey profeta en sus salmos, raudal inmenso de poesía, y el discípulo de Natán, que en los proverbios había cantado al que tuvo el viento entre las manos, al que recogió las aguas con su manto y levantó los límites de la tierra, le hicieron gustar aquella grandiosa sencillez, aquel perfume de antigüe, lleno de majestad y dulzura, que hacía su mayor deleite, y que le distingue de todos los hablistas castellanos. Píndaro y Teócrito, el elegante Virgilio, y más aún el culto Horacio, fueron objeto de su constante estudio, así que entre no pocos hebraísmos, brillan más sus poesías, por las gratas reminiscencias del cantor de Mantua y del inmortal preceptor de los Pisones. «Luis de León lleno de Horacio, a quien constantemente estudiaba, dice el Sr. Quintana, tomó de él la marcha, el entusiasmo y el fuego de la oda»: de él aprendió su elegante finura, su delicada gracia, la flexibilidad de su talento y la pureza de su gusto, y detestando el epicur(e)ísmo del tímido soldado de Filipos, vistió con el traje español a sus personajes, les atribuyó las ideas de su siglo, y pareció colocarlos ante los mismos lugares que le inspiraron. También la bella Italia ofreció entonces a los españoles modelos que imitar; por eso el siglo de León X nos recuerda el de Augusto: Fr. Luis de León no podía permanecer indiferente ante aquellos renacientes genios, que daban vida y vigor a la más clásica antigüedad, tan grata para él; y Petrarca y Juan de las Casas, y el cardenal Bembo le ofrecieron bellezas que imitar o traducir; pero en esta segunda ocasión, como en la primera, nuestra poesía tomó pronto carácter nacional.

El genio de León era esencialmente lírico, y su carácter y su profesión le hicieron preferir el género moral al heroico; su inspiración, como su vida, es esencialmente religiosa; el misterio le exalta, y la soledad es su elemento expansivo. Todas sus odas respiran una santa certidumbre de la vanidad de las cosas humanas, y el hijo de la religión que compadece al malvado y eleva al humilde, se recrea en contemplaciones morales, o arrobado en dulce éxtasis prorrumpe en tiernas expansiones. Si pinta la naturaleza al frente de los tranquilos goces de la vida pastoril, traza con vivos colores las venenosas borrascas del mundo, y siempre las delicias del campo, el retiro del monje y la tranquilidad del creyente, son su ideal belleza. Poeta de la religión, con un sentimiento exquisito de la armonía, reviste la razón humana con las brillantes galas de su genio, y en todos sus versos se ve retratada aquella tierna alma, nacida para las inspiraciones místicas.

Ningún español poseyó combinación tan feliz de elegancia y sensibilidad; parece oírse la dulce armonía de los ángeles, cuando la inspiración celestial orna su frente y da curso al fuego que le anima. La ilusión es a sus ojos completa, si impelido por el calor del entusiasmo, con todo el arrojo que puede consentirse en un poeta lírico, quebranta en apariencia las reglas, porque no es el arte quien le enseña, es el genio que le inspira.

Siguiendo León distinta senda que Herrera, es más original e independiente, y educado con el estudio de los clásicos y de la poesía hebraica, despreció la afectada elegancia, distintivo de los imitadores de la tescana. Su versificación es casi siempre abundante, graciosa y dulce, no carece de prosaísmos; pero el descuido es de pocos momentos, y cuando desprecia la belleza de la forma, resaltan más la fuerza y valentía de los pensamientos. La celebrada "Profecía del Tajo", "Noche serena", "Vida del campo", su oda "A la Ascensión", y la que dedicó a "Felipe Ruiz", abundan en bellezas; cuantas veces las leemos, nos parece hallar más y más que admirar en cada estrofa, en cada verso. De sentir es que no siempre su ritmo sea tan robusto como pudiera prometerse de la lengua que Carlo I creía más propia para hablar con Dios: así, cuando profetiza "los trabajos inmortales" que devastaron a "toda la espaciosa y triste España", o pinta la creación, conservaría dignamente aquella entonación bíblica, que como Herrera, supo imitar con éxito brillante.



[N.B. He colocado en cursiva aquellas grafías que han cambiado en el español de hoy con respecto a cómo se escribía en el siglo XIX. Por ejemplo: escomunión > excomunión. Además, se ha eliminado el acento de la preposición "a" y los de los monosílabos, adaptándolo todo a las normas actualmente imperantes en este sentido].



BIBLIOGRAFÍA.-
La Bibliotcea Virtual Miguel de Cervantes tiene un portal dedicado a fray Luis de León.

CUESTIONARIO.-
1. Una biografía relata los acontecimientos y logros más importantes que marcaron la vida de una persona. Para ello, el autor de la misma ha tenido que acopiar el máximo de información posible sobre el personaje que quiere analizar. Y es que el texto biográfico se enmarca dentro de la historiografía, por un lado, pues es relato histórico de la vida de una persona (por tanto, si es real, debe contarse retrospectivamente para que sea completa, pues ese personaje debe haber fallecido ya), que el autor ha debido investigar con objetividad y rigurosidad, seleccionando aquellos aspectos que considera trascendentales para dar a conocer al biografiado. Pero, por otro, también se encuadra dentro del ensayo, pues es un texto literario elaborado por una tercera persona, que deja entrever opiniones y reflexiones personales del autor.
Por ello, señale dos pasajes que indiquen claramente que Fermín Hernández, el autor de esta biografía, ha investigado concienzudamente la vida de fray Luis de León, y por tanto, como "historiador" es objetivo y se basa en hechos contrastables.
Del mismo modo, cite algún pasaje en el que el autor comente determinado suceso ocurrido al personaje de manera subjetiva.

2. La información de toda biografía debe ser oportuna, veraz y concisa. Esto no quiere decir que no se puedan dar a conocer anécdotas, pero deben ser significativas. Así, la anécdota de la frase "como decíamos ayer", es muy reveladora, pues muestra la actitud de fray Luis para quienes le buscaron dañar. No obstante, esta es una frase que hasta el siglo XVIII no se le atribuyó a fray Luis.
Investigue qué otro profesor-rector de la Universidad de Salamanca, que sufrió el cese de su cargo, siendo desterrado de la península, repitió esta frase.
Sírvase del siguiente artículo de César Cervera, publicado en ABC el 22-02-2019, titulado: «"Como decíamos ayer": la frase que fray Luis de León jamás pronunció tras ser procesado por la Inquisición», para contestar a la pregunta.

3. Las biografías generalmente siguen un orden cronológico lineal (empezando por el nacimiento, quiénes eran sus familiares, juventud, madurez, y concluyendo con el fallecimiento), para entender cómo se ha ido forjando la personalidad del personaje, los problemas y circunstancias más significativas que le han acontecido, ya fueran exitosas o fracasadas, etc.
¿Es así como se ha establecido en esta biografía? Justifique su respuesta

4. Pero una biografía no es la redacción de un currículum, donde se da detalle de un listado de puestos de trabajo desempeñados, premios, reconocimientos, titulaciones, etc.
Anote en un cuadro al menos 5 distinciones entre la elaboración de una biografía y la elaboración de un currículum.

5. Realice una línea temporal que muestre exclusivamente los hechos más importantes de su vida profesional.

6. El relato biográfico sigue, también, un hilo narrativo lineal, pudiendo establecer una introducción (situando al personaje en su contexto y dando una breves pinceladas de quién es, sus antecedentes familiares y sociales, etc.), un desarrollo (explicando el proceso vital y creador del personaje) y una conclusión (señalando el legado cultural, social, humano... del personaje que nos ha dejado, y por el que ha sido objeto de análisis y estudio) que puede tener un punto de vista subjetivo (expresando opiniones personales el autor) u objetivo (expresando generalidades constatables).
Indique a qué conclusión llega el autor, Fermín Hernández.

7. Las biografías suelen hacen referencia al contexto histórico-social en el que tuvo que desenvolverse el personaje biografiado.
Establezca cuál fue el contexto de fray Luis de León.

8. Asimismo, el contexto familiar y del entorno de amigos, educativo, de trabajo, suelen ser remarcados como factores que han influido decisivamente en la vida del personaje.
Establezca cómo afectó el entorno familiar de fray Luis de León para su decisión de hacerse fraile.

9. Lo más habitual es que toda biografía incluya un retrato (etopeya más prosopografía) lo más completo posible del personaje, en la introducción.
Escriba una etopeya de fray Luis de León.
Describa los rasgos físicos de fray Luis, teniendo en cuenta la figura del retrato de más arriba, atribuido al pintor Francisco Pacheco, 1564-1644 (Libro de descripción de verdaderos retratos de ilustres y memorables varones. Sevilla: Librería española y estrangera de Rafael Tarascó y Lassa, 1599).

10. Es frecuente que el narrador formule elementos de causalidad (qué hechos motivaron que el personaje actuara o se comportara de determinara manera... ) de muchos de los actos del personaje biografiado, incluyendo argumentos y razones de ello.
Localice ejemplos de ello en este texto.
















No hay comentarios:

Publicar un comentario