14 de julio de 2026

RESUMEN DE "SAN MANUEL BUENO, MÁRTIR" de Miguel de Unamuno

¿Se puede ser santo sin creer en Dios? Esa es la paradoja que Miguel de Unamuno plantea en San Manuel Bueno, mártir, una de las obras más intensas e influyentes de la Generación del 98. Escrita en 1931 (en la revista "La novela de hoy", y posteriormente en forma de libro en 1933), esta nivola nos sumerge en el dilema de un párroco que se convierte en el mártir de su propio silencio, fingiendo una fe que ya no posee para salvaguardar la paz de su pueblo. En apenas unas páginas, Unamuno articula un debate nítido y desgarrador sobre la verdad y la mentira, el consuelo social de la religión y la angustia ante la muerte. Invitándonos a adentrarnos en los dilemas internos de un sacerdote que, mientras guía y consuela a los habitantes de una pequeña aldea junto a un lago rodeado de montañas, ha perdido en secreto la fe, se desplegarán ante el lector preguntas profundas y universales: los conflictos entre la fe y la duda, el deseo de creer, la reflexión sobre la existencia y la muerte, la inmortalidad del alma y la búsqueda de sentido ante el absurdo de la vida y de nuestra propia identidad. Es, por ello, una obra profundamente humana, que apela a las emociones y a las inquietudes más íntimas del ser humano.

En este resumen intentaremos desvelar los planteamientos filosóficos que se nos ofrecen por parte de Unamuno, mientras escrutamos paso a paso el desarrollo del relato.

Presentación de don Manuel y su vida ejemplar (narrado por Ángela)

Propósito de la obra.


El relato arranca bajo la forma de un manuscrito encontrado, concretamente bajo la confesión de Ángela Carballino: quiero dejar aquí consignado, a modo de confesión y sólo Dios sabe, que no yo, con qué destino, todo lo que sé y recuerdo de aquel varón matriarcal que llenó toda la más entrañada vida de mi alma, que fue mi verdadero padre espiritual, el padre de mi espíritu, del mío, el de Ángela Carballino". Desde esta primera declaración, Ángela no se limita a recordar, sino que asume el papel de cronista de Valverde de Lucerna y convierte su memoria personal en testimonio colectivo. Su propósito inicial consiste, por tanto, en rescatar la figura de Don Manuel —cuya beatificación ya se tramita en la diócesis de Renada— y fijar por escrito una verdad íntima que, aunque nace de la devoción, pronto se revelará atravesada por la duda.

De ahí que lo fascinante de este comienzo resida en el sutil juego de contrastes que organiza toda la obra. Frente a la apariencia de una crónica edificante sobre la santidad pública del cura, Unamuno introduce desde el inicio una grieta existencial mediante las palabras de San Pablo: "Si sólo en esta vida esperamos en Cristo, somos los más miserables de los hombres todos" (I Corintios, XV, 19). Esta cita desplaza el relato desde la simple exaltación hagiográfica hacia una reflexión mucho más problemática: si la esperanza cristiana se reduce a consuelo terrenal, entonces la fe, la salvación y la felicidad comunitaria quedan radicalmente cuestionadas. Así, la novela dinamita cualquier lectura previsible y anuncia que la santidad de Don Manuel será, en realidad, el reverso visible de su propia agonía interior.

Presentación y caracterización de los personajes.

Desde las primeras páginas, Unamuno perfila a Ángela Carballino como una narradora singular, alejada del analfabetismo rural que podría esperarse en el contexto de Valverde de Lucerna. La herencia paterna de un «revoltijo de libros» —entre los que figuraban el Quijote, piezas del teatro clásico y algunas novelas— le otorgó una sensibilidad literaria y una capacidad de análisis que la individualizan frente al resto de los habitantes del pueblo. Esta formación, consolidada después durante cinco años de internado en un colegio de religiosas en la ciudad de Renada, le proporciona la distancia crítica necesaria para observar su entorno sin desligarse afectivamente de él.

A su regreso del centro, la figura del padre biológico aparece eclipsada por el magnetismo de Don Manuel, a quien Ángela reconoce como su “verdadero padre espiritual, el padre de mi espíritu”. De hecho, su vuelta a la aldea, cuando apenas tenía quince años, estuvo marcada por el “ansia de conocerle”, alimentada por las cartas en que su madre le hablaba del sacerdote y por la fascinación que estas despertaron en ella durante su estancia en el colegio. Desde entonces, Don Manuel no se presenta solo como una figura pública de autoridad religiosa, sino como el centro afectivo y espiritual de su vida interior. Por ello, el relato de Ángela tiende inicialmente hacia un retrato hagiográfico de Don Manuel, aunque centrado más en sus acciones concretas y en su influjo humano que en milagros sobrenaturales.

El retrato físico que Ángela ofrece de Don Manuel se transforma pronto en paisaje, hasta fusionarse con el propio Valverde de Lucerna. A los treinta y siete años, el cura aparece como un hombre «alto, delgado, erguido», cuyo porte evoca la cresta de la Peña del Buitre. Esta analogía montañosa sugiere elevación, firmeza y autoridad moral; en cambio, sus ojos, dotados de «toda la hondura azul de nuestro lago», apuntan ya hacia un abismo interior. Del mismo modo, la sinestesia con que el pueblo «empezaba a olerle la santidad» expresa un carisma espiritual que se impone no por la doctrina abstracta, sino por una presencia sensible y casi física.

Un rasgo esencial de esa santidad es su renuncia y vocación de servicio: pese a su «agudeza mental y su talento», rechazó «ofertas de brillante carrera eclesiástica», porque su vocación no consistía en ascender en la jerarquía de la Iglesia, sino en permanecer anclado a su comunidad: «él no quería ser sino de su Valverde de Lucerna». Incluso su entrada en el seminario tuvo un origen práctico y familiar —atender a los hijos de su hermana viuda—, lo que prefigura un sacerdocio orientado hacia las necesidades humanas más inmediatas. Por eso, Ángela insiste en que la santidad de Don Manuel se manifestaba en el trabajo diario: su vida consistía en «arreglar matrimonios desavenidos, reducir a sus padres hijos indómitos [...] y sobre todo consolar a los amargados y atediados, y ayudar a todos a bien morir». El caso de la hija de la tía Rabona resulta especialmente revelador: ante una joven madre soltera y un antiguo novio, Perote, que niega su paternidad, Don Manuel no pronuncia un sermón sobre la culpa o el pecado, sino que interviene de forma pragmática y compasiva:

—Mira, da padre a este pobre crío que no le tiene más que en el cielo.
—¡Pero, don Manuel, si no es mía la culpa...!
—¡Quién lo sabe, hijo, quién lo sabe...!, y, sobre todo, no se trata de culpa.

De esta manera, el pecado queda subordinado a la utilidad social y a la piedad. La posterior invalidez de Perote, consolado por el hijo que adoptó bajo el influjo del cura, confirma la eficacia de esta santidad civil: «Y hoy el pobre Perote, inválido, paralítico, tiene como báculo y consuelo de su vida al hijo aquel que, contagiado de la santidad de Don Manuel, reconoció por suyo no siéndolo».

Valverde de Lucerna opera, así, como un microcosmos simbólico delimitado por la dialéctica del paisaje. La montaña remite a la fe ascendente, firme y monolítica; el lago, en cambio, sugiere las aguas profundas y subterráneas de la duda. Don Manuel aglutina ambos accidentes geográficos: se eleva como la montaña ante su pueblo, pero guarda en su interior la hondura inquietante del lago. Frente a él, los personajes secundarios funcionan como reactivos ideológicos. La madre de Ángela encarna la fe vernácula, el fervor religioso «castísimo» y una devoción absoluta hacia Don Manuel, hasta el punto de desplazar el recuerdo de su propio esposo; Lázaro, el hermano enriquecido en América, representa, por el contrario, el laicismo secular, el racionalismo moderno y la confianza en el progreso. La inminente confrontación entre el hermano escéptico y el cura santo articulará, por tanto, la verdadera tensión de la obra: una dialéctica entre fe y razón.

En conclusión, aunque Don Manuel es presentado con los atributos propios de un santo popular, Ángela introduce de manera deliberada un profundo conflicto teológico y existencial. La narración no se perfila, por ello, como una simple hagiografía —la vida ejemplar de un santo—, sino como una indagación sobre la esencia misma de la santidad. El énfasis en las acciones concretas de Don Manuel, su interés por el bienestar terrenal de sus feligreses y la significativa cita de San Pablo que inaugura el relato sugieren que la fe del párroco podría funcionar más como un recurso para hacer la vida soportable que como una creencia firme en la vida eterna. Por ello, Ángela Carballino, gracias a su capacidad analítica y a su profunda devoción filial, se configura como la testigo clave llamada a desentrañar el misterio que subyace bajo la figura ejemplar de San Manuel Bueno.

12 de julio de 2026

LENGUA. TEMA 30. EL TEXTO ARGUMENTATIVO. ESTRUCTURAS Y TÉCNICAS.


A. ¿Qué es un texto argumentativo?.
Definición.
Desde el punto de vista de la lógoica.
Desde el punto de vista de la retórica.
Desde el punto de vista de la neorretórica.
Desde el punto de vista de la lógocacomunicación.
Desde el punto de vista de la pragmática.
Desde el punto de vista de la argumentación como forma textual.
Desde el punto de vista de la argumentación como texto.
Desde el punto de vista de la argumentación como texto en situación.
B. ¿Cuáles son las estructuras que puede adoptar un texto argumentativo?
Estructura deductiva o analizante.
Estructura inductiva o sintetizante.
Estructura encuadrada o circular.
Estructura dialéctica.
Estructura comparativa.
Estructura repetitiva o reiterativa.
Estructura paralela.
Estructura interrogante o problematizadora.
Estructura enumerativa o acumulativa.
Estructura causal.
Estructura consecutiva.
Estructura de problema-solución.
Estructura concesiva.
Estructura refutativa.
Estructura cronológica o secuencial.
Estructura mixta o combinada.
C. Características lingüísticas de los textos argumentativos.
D. Clasificación.
Argumentos lógico-racionales.
1. Argumento de autoridad.
2. Argumento de semejanza o analogía (a simili, a pari).
3. Argumento de caysa y efecto.
4. Argumento de ejemplificación.
5. Argumento por consecuencias.
6. Argumento por generalización.
7. Argumento por signos o indicios.
8. Argumento por definición.
9. Argumento deductivo o silogístico.
10. Argumento pragmático o por utilidad, calidad o necesidad.
Argumentos empíricos.
11. Argumento de hecho y datos estadísticos.
12. Argumento de experiencia personal o testimonio.
13. Argumento por observación sistemática o inductivo-empírico.
Tópicos argumentativos o loci.
1. Tópico de utilidad o tópico preagmático.
2. Tópico de cantidad.
3. Tópico de calidad.
4. Tópico de tradición.
5. Tópico de progreso o de la novedad.
6. Tópico moral o ético.
7. Tópico de la justicia.
Apéndice. Falacias argumentativas comunes.
1. Falacia ad hominem o ataque personal.
2. Falacia ad populum o apelación emocional a la masa.
3. Falacia de la falsa causa.
4. Falacia de la generalización apresurada.
5. Falacia del muñeco de paja
6. Falacia del falso dilema.
7. Falacia desde la ignorancia (ad ignorantiam)
8. Falacia de la bola de nieve (pendiente deslizante).
9. Falacia de la cuestión compleja.
10. Falacia del recurso a la fuerza (ad baculum).
11. Falacia del recurso a la piedad (ad misericordiam).
12. Falacia por las consecuencias (ad consequentiam).
13. Falacia de autoridad (ad verecundiam).
14. Falacia de la falsa analogía.
15. Falacia de la correlación casual (post hoc ergo propter hoc).
16. Falacia de petición del principio (petitio principii).







9 de julio de 2026

LA ARGUMENTACIÓN. FORMAS Y TIPOS DE ARGUMENTOS , TÓPICOS. FALACIAS.


TEMAS QUE VAMOS A DESARROLLAR
A. ¿Qué es un texto argumentativo?.
B. ¿Cuáles son las estructuras que puede adoptar un texto argumentativo?
Tres modelos o estrategias de disposición argumentativa:
1. Disposición lineal o clásica.
2. Disposición contraargumentativa o de oposición.
3. Disposición dialéctica o de síntesis.
Según la fuerza y el orden de los argumentos:
Orden creciente (o de fuerza ascendente).
Orden decreciente (o de fuerza descendente).
Orden homérico o nestoriano.
Según el lugar de colocación de la tesis:
Estructura deductiva o analizante.
Estructura inductiva o sintetizante.
Estructura encuadrada o circular.
Estructura dialéctica.
Estructura comparativa.
Estructura repetitiva o reiterativa.
Estructura paralela.
Estructura interrogante o problematizadora.
Estructura enumerativa o acumulativa.
Estructura causal.
Estructura consecutiva.
Estructura de problema-solución.
Estructura concesiva.
Estructura refutativa.
Estructura cronológica o secuencial.
Estructura mixta o combinada.
C. Características lingüísticas de los textos argumentativos.
D. Clasificación.
Argumentos lógico-racionales.
1. Argumento de autoridad.
2. Argumento de semejanza o analogía (a simili, a pari).
3. Argumento de caysa y efecto.
4. Argumento de ejemplificación.
5. Argumento por consecuencias.
6. Argumento por generalización.
7. Argumento por signos o indicios.
8. Argumento por definición.
9. Argumento deductivo o silogístico.
10. Argumento pragmático o por utilidad, calidad o necesidad.
Argumentos empíricos.
11. Argumento de hecho y datos estadísticos.
12. Argumento de experiencia personal o testimonio.
13. Argumento por observación sistemática o inductivo-empírico.
Tópicos argumentativos o loci.
1. Tópico de utilidad o tópico preagmático.
2. Tópico de cantidad.
3. Tópico de calidad.
4. Tópico de tradición.
5. Tópico de progreso o de la novedad.
6. Tópico moral o ético.
7. Tópico de la justicia.
Apéndice. Falacias argumentativas comunes.
1. Falacia ad hominem o ataque personal.
2. Falacia ad populum o apelación emocional a la masa.
3. Falacia de la falsa causa.
4. Falacia de la generalización apresurada.
5. Falacia del muñeco de paja
6. Falacia del falso dilema.
7. Falacia desde la ignorancia (ad ignorantiam)
8. Falacia de la bola de nieve (pendiente deslizante).
9. Falacia de la cuestión compleja.
10. Falacia del recurso a la fuerza (ad baculum).
11. Falacia del recurso a la piedad (ad misericordiam).
12. Falacia por las consecuencias (ad consequentiam).
13. Falacia de autoridad (ad verecundiam).
14. Falacia de la falsa analogía.
15. Falacia de la correlación casual (post hoc ergo propter hoc).
16. Falacia de petición del principio (petitio principii).


Nota: esta entrada está encaminada, fundamentalmente, a los alumnos de bachillerato y su preparación para la PAU/EVAU.

A. ¿Qué es un texto argumentativo?

Un texto argumentativo es aquel cuya finalidad principal consiste en defender, justificar, matizar o refutar una idea, una opinión o un punto de vista acerca de un tema discutible. A diferencia de los textos meramente expositivos, que se limitan a informar o explicar una realidad, el texto argumentativo pretende intervenir en una controversia: parte de una cuestión sobre la que pueden existir distintas posturas y trata de conseguir que el destinatario acepte, al menos parcialmente, la posición defendida por el emisor. Por ejemplo, no es lo mismo explicar qué es la lectura digital que defender la tesis de que “la lectura digital no debe sustituir por completo a la lectura en papel en el ámbito educativo”. En el primer caso predomina la exposición; en el segundo, la argumentación.

No obstante, debemos distinguir entre opinión, postura o punto de vista y tesis.

La opinión es subjetiva (lo pienso yo) y no requiere de fundamentación alguna. Por regla general, no busca convencer al oyente, pues solo se quiere manifestar el propio punto de vista.
La postura o punto de vista es subjetiva (lo pienso yo), pero requiere fundamentación (por esto, lo otro...). Busca convencer al otro a través de sólidas argumentaciones.
La tesis suele ser objetiva, fundamentándose en razonamientos sólidos y en evidencias. Busca convencer, persuadir.
Hay textos que presentan opiniones sin que lleguen a ser una postura concreta del emisor (pues no se han fundamentado ni se busca convencer de nada, simplemente compartir un punto de vista). Y hay posturas, que se basan en hechos contrastables, que no son tesis, porque no son puntos de vista objetivos.

Los dos objetivos o finalidades de la argumentación, según el "Tratado de la argumentación" de Perelman y Olbrechts-Tyteca, son:

«persuadir y convencer (...). Mientras la persuasión connota la consecución de un resultdo práctico, la adopción de una actitud determinada o su puesta en práctica en la acción, el convencimiento no trasciende la esfera mental. Por otra parte, mientras la ciencia se basa en lo evidente, en precisas verdades y necesarias, en pruebas irrefutables y racionales, la filosofía y la retórica replantean siempre los problemas desde el comienzo, aportando pruebas solamente probables, razonables, preferibles, que hab de ser aceptadas responsablemente».
[Perelman, Chaïm, y Lucie Olbrechts-Tyteca. Tratado de la argumentación: la nueva retórica. Madrid: Gredos, 1989, pág. 16]

Para cumplir esa doble finalidad, el emisor aporta razones, pruebas, datos, ejemplos, comparaciones, testimonios o argumentos de autoridad con los que intenta sostener su tesis o debilitar una opinión contraria. Así, ante la tesis “conviene limitar el uso del teléfono móvil en las aulas”, podrían emplearse, por ejemplo, argumentos causales —“su uso constante dispersa la atención”—, argumentos de autoridad —“diversos informes pedagógicos advierten sobre la relación entre distracción digital y bajo rendimiento”— o argumentos por consecuencias —“si se reduce su presencia durante las clases, puede mejorar la concentración y la participación del alumnado”. La fuerza del texto argumentativo depende, por tanto, de la calidad, pertinencia y organización de esas razones.

La argumentación ha venido siendo estudiada desde dos ámbitos, el de la lógica y el de la retórica. Pero actualmente hay que añadir otros focos de interés, como el de la neoretórica, el de la teoría de la comunicación, de la pragmática, la argumentación como forma textual, como textocy como texto en situación. Vamos a exponerlo.

① Desde el punto de vista de la lógica, un argumento se concibe como un razonamiento compuesto por una o varias premisas y una conclusión. Las premisas son los enunciados que sirven de punto de partida, mientras que la conclusión es la afirmación que se pretende demostrar, justificar o inferir a partir de ellas. En este marco, lo fundamental no es tanto persuadir a un auditorio concreto como determinar si la conclusión se sigue correctamente de las premisas. Por ejemplo, en el razonamiento clásico “todos los seres humanos son mortales; Sócrates es un ser humano; por tanto, Sócrates es mortal”, la conclusión deriva necesariamente de las premisas, de modo que el argumento presenta una estructura válida.

La lógica distingue entre la verdad de los enunciados y la validez de la inferencia. Un argumento puede tener premisas verdaderas o falsas, pero será válido si la conclusión se desprende necesariamente de ellas según una forma correcta de razonamiento. Así, en los argumentos deductivos, si las premisas son verdaderas y la estructura es válida, la conclusión no puede ser falsa. En cambio, si la relación entre premisas y conclusión es defectuosa, el argumento será inválido, aunque pueda parecer convincente. Por ello, la lógica se ocupa principalmente de la coherencia interna del razonamiento y de la corrección formal del paso de unas proposiciones a otras.
Además de la deducción, la lógica y la teoría de la argumentación reconocen otros modos de razonamiento, como la inducción y la abducción. En la inducción, se parte de casos particulares para formular una conclusión general probable: “varios alumnos que leen con frecuencia obtienen mejores resultados de comprensión; por tanto, la lectura habitual favorece la competencia lectora”. En la abducción, se propone una hipótesis explicativa ante un hecho observado: “si muchos estudiantes fallan en preguntas inferenciales, quizá no se haya trabajado suficientemente la interpretación implícita”. A diferencia de la deducción, estos razonamientos no garantizan una conclusión necesaria, sino más o menos probable según la cantidad y calidad de las pruebas.

En consecuencia, desde una perspectiva lógica, un argumento se evalúa atendiendo a criterios como la validez, la consistencia, la ausencia de contradicción, la pertinencia de las premisas y la suficiencia de las pruebas. Un razonamiento es más sólido cuanto mejor conectadas están sus premisas con la conclusión y cuanto menos depende de ambigüedades, saltos injustificados o falacias. Por eso, la lógica proporciona instrumentos para analizar si un argumento está bien construido, si incurre en contradicciones o si la conclusión excede lo que las premisas permiten afirmar.
[Vega Reñón, Luis. Si de argumentar se trata. Barcelona: Montesinos, 2003.
Weston, Anthony. Las claves de la argumentación. Barcelona: Ariel, 2006].

Esta perspectiva permite establecer una primera distinción entre lógica y retórica: mientras que la lógica se centra en la corrección racional del razonamiento, la retórica atiende también a su eficacia persuasiva en una situación comunicativa concreta. Dicho de otro modo, para la lógica interesa si la conclusión se sigue adecuadamente de las premisas; para la retórica, además, importa si ese razonamiento resulta convincente para un auditorio determinado. A partir de esta diferencia puede entenderse mejor la relación, y también la tensión, entre validez lógica y fuerza persuasiva.

② Desde el punto de vista de la retórica, los argumentos no se valoran únicamente en términos de verdad o falsedad, como ocurre en la lógica formal, sino en función de su probabilidad, plausibilidad o verosimilitud dentro de un determinado contexto comunicativo. Un argumento retórico pretende obtener la adhesión de un auditorio concreto y, por ello, depende en gran medida del sistema de creencias, valores, conocimientos previos y expectativas que ese auditorio comparte —o no— con el emisor. Así, una razón puede resultar convincente para un grupo de lectores porque apela a valores que consideran legítimos, como la justicia, la utilidad, la tradición o el progreso, y ser, en cambio, poco persuasiva para otro auditorio que ordena esos valores de manera distinta.

MINILECTURA. "LA CALAVERA DEL MARQUÉS DE SADE", de ROBERT BLOCH (EE.UU., 1917-1994 d.n.e.)


Esta narración de terror gótico presenta a Christopher Maitland, un coleccionista de objetos macabros que adquiere, por medio del turbio traficante Marco, una reliquia atribuida al Marqués de Sade: su supuesta calavera. Pese a las advertencias sobre la maldición que la rodea y sobre los rituales perversos vinculados a ella, Maitland sucumbe a una obsesión cada vez más intensa. El relato sugiere que el objeto no es una mera pieza de colección, sino una presencia dotada de voluntad propia, maligna y depredadora, responsable de las desgracias sufridas por sus antiguos poseedores. Tras hallar el cadáver de Marco, el protagonista se apropia definitivamente de la calavera y comienza a padecer pesadillas que pronto invaden la realidad hasta volverse mortales. En el desenlace, la reliquia confirma su autonomía monstruosa al provocar la muerte de Maitland, cuya expresión severa queda transformada en una mueca de satisfacción sádica. La fuente plantea así una reflexión inquietante sobre cómo la fascinación por la crueldad histórica y el deseo de poseer sus vestigios pueden desembocar en una autodestrucción tanto física como espiritual.
Imagen creada con IA NotebookKLM

LA CALAVERA DEL MARQUÉS DE SADE (1945)

publicado originalmente en la revista Weird Tales


1.

Christopher Maitland se sentó de nuevo en su silla frente a la chimenea y acarició la encuadernación de un viejo libro. Su rostro delgado, modelado por la parpadeante luz del fuego, mostraba una característica expresión de reflexión erudita.

La curiosidad intelectual de Maitland se concentraba en el volumen que tenía en las manos. Brevemente, se preguntaba si la piel humana que encuadernaba el libro procedía de un hombre, una mujer o un niño.

El librero le había asegurado que el tomo estaba encuadernado con una porción de piel de mujer, pero Maitland, por mucho que deseara creerlo, era escéptico por naturaleza. Por lo general, los libreros que comercian con este tipo de curiosidades no gozan de demasiada reputación, y los años que Christopher Maitland llevaba tratando con este tipo de gente habían hecho mucho por destruir la fe en su veracidad.

Aun así, esperaba que la historia fuera cierta. Era agradable tener un libro encuadernado en la piel de una mujer. Era agradable tener una crux ansata fabricada a partir de un fémur; una colección de cabezas de Dyack; una arrugada Mano de la Gloria robada de un cementerio de Mainz. Maitland poseía todos estos objetos y muchos más. Porque era un coleccionista de lo extraño.

Maitland sostuvo el libro al trasluz y trató de distinguir la formación de los poros bajo la superficie curtida de la encuadernación. Las mujeres tenían poros más finos que los hombres, ¿no?

—Disculpe, señor.

Maitland se volvió al entrar Hume.

—¿Qué ocurre? — preguntó.

—Esa persona está aquí de nuevo.

—¿Persona?

—El Sr. Marco.

—Oh

Maitland se levantó, ignorando la expresión casi grotesca de desagrado del mayordomo. Reprimió una risita. Al pobre Hume no le gustaba Marco, ni ninguno de los rufianes que suministraban a Maitland objetos para su colección. A Hume tampoco le gustaba la colección en sí: Maitland recordaba vívidamente el temblor aprensivo del viejo criado cuando desempolvó el estuche que contenía la momia del sacerdote de Horus decapitado por brujería.

—Marco, ¿eh? Me pregunto qué se trae—. musitó Maitland. —Bueno, será mejor que le haga pasar.

Hume se dio la vuelta y se marchó con una notable falta de entusiasmo. En cuanto a Maitland, su interés aumentó. Pasó la mano por el dorso reticulado de un tao-tieh de Jade y se lamió los labios con una expresión muy parecida a la que adornaba el rostro de la imagen china de la glotonería.

El viejo Marco estaba aquí. Eso significaba algo realmente especial en materia de adquisiciones. Tal vez Marco no era exactamente el tipo de persona a la que se invitaba al Club, pero tenía su utilidad. De dónde sacaba algunas de las cosas que ponía a la venta, Maitland no lo sabía; no le importaba demasiado. Eso era cosa de Marco. Lo que interesaba a Christopher Maitland era la rareza de lo que ofrecía. Si uno quería un libro encuadernado en piel humana, el viejo Marco era el tipo adecuado para conseguirlo, aunque tuviera que desollarlo y encuadernarlo él mismo. ¡Gran personaje, el viejo Marco!

—El Sr. Marco, señor.

Hume se retiró con discreción, y Maitland hizo un gesto a su visitante para que se acercara.

El Sr. Marco se deslizó en la habitación. El hombrecillo era gordo, grasiento; su carne grumosa, como el sebo coagulándose alrededor del muñón de una vela. Su palidez de cera acentuaba el símil. Parecía que sólo faltaba que brotara una mecha de la bola calva de grasa que servía de cabeza al señor Marco.

9 de junio de 2026

EVAU. LITERATURA. TEMA 9. La narrativa española posterior a 1936: tendencias, rasgos principales, autores y obras más significativas.


Dependiendo de la comunidad autónoma, los temas se estructuran completos o en epígrafes.

Aquí te ofrecemos este tema bajo el formato de 3 epígrafes, como se hace en Castilla La Mancha, listo para que lo imprimas y puedas estudiártelo.

TEMAS QUE VAMOS A DESARROLLAR
9.1. La novela en los años cuarenta: novela nacionalista, existencial y tremendista.
9.2. La novela de los años cincuenta: el realismo social (Camilo José Cela y Rafael Sánchez Ferlosio).
9.3. La novela de los sesenta y principios de los setenta (Luis Martín-Santos y Miguel Delibes)


9.1. La novela en los años cuarenta: novela nacionalista, existencial y tremendista

La Guerra Civil (1936-1939) marcó una fractura traumática en la narrativa española. La desaparición de maestros como Unamuno o Valle-Inclán y el exilio de figuras como Sender o Max Aub condenaron al país a un "páramo literario" definido por la censura y el aislamiento. La producción de esta década bascula entre la propaganda del régimen y una respuesta subjetiva que retrata la miseria espiritual de la posguerra.

  1. La novela nacionalista y de la Falange

Surge para legitimar el nuevo orden mediante un maniqueísmo radical y una prosa que recupera el realismo decimonónico o la épica imperial.

  • Ideología: Exalta la guerra como "Cruzada" y defiende los valores del nacional-catolicismo. Es una narrativa de certezas y colectividad que ignora deliberadamente la realidad social.
  • Autores y obras: Destacan La fiel infantería de García Serrano (que combina la exaltación falangista de la guerra con un estilo fragmentario y vanguardista, en el que la violencia se presenta como experiencia heroica y fundacional) y Madrid, de corte a checa de Agustín de Foxá (que ofrece una crónica ideologizada del conflicto, en la que la caída del viejo Madrid aristocrático se narra con una prosa esteticista y un marcado maniqueísmo político). Cabe señalar que autores como Gonzalo Torrente Ballester (con Javier Mariño) intentaron inicialmente una épica falangista que pronto derivaría hacia el escepticismo ante el vacío creativo del entorno.
  1. Camilo José Cela y la estética del tremendismo

En 1942, la publicación de La familia de Pascual Duarte rompe la atonía literaria. Cela inaugura el tremendismo, una selección estética de la fealdad que entronca con la tradición más negra de España: desde la picaresca y las Pinturas Negras de Goya hasta el esperpento de Valle-Inclán.

  • Técnica y determinismo: Mediante el recurso del manuscrito hallado, el autor se distancia de la moral de su protagonista. Pascual, un campesino que narra su vida (en primera persona) desde la cárcel (bajo el marco de la memoria confesional), actúa bajo un determinismo biológico y social del que no puede escapar. El tremendismo hace una selección deliberada de lo más cruel y degradante de la realidad, encarnada en personajes gobernados por el instinto y el fatalismo, que revela una concepción pesimista de la condición humana.
  • Estilo: Su prosa destaca por una aspereza léxica rica en términos rurales, convirtiendo la violencia en una lupa microscópica sobre una realidad deformada.
  1. Carmen Laforet y la novela existencial

En 1944, Nada (Premio Nadal) desplaza el foco de la violencia externa a la angustia interior.

30 de mayo de 2026

SINTAXIS. ORACIONES COMPLEJAS (COMPUESTAS). ORACIONES SUBORDINADAS SUSTANTIVAS. TIPOS.


Vamos a estudiar en esta entrada las estructuras que la Real Academia Española, en su Manual de la Nueva Gramática de la Lengua Española (Manual NGLE, §43.1.1a), denomina oraciones complejas por subordinación sustantiva, una denominación académica necesaria que reemplaza definitivamente a la vieja y confusa etiqueta escolar de "oración compuesta".

¿Qué es una oración compleja por subordinación sustantiva?

Según señala el Manual NGLE (§43.1.1b), estas construcciones consisten en la incrustación de una oración subordinada dentro de una oración principal. La característica fundamental es que la oración incrustada desempeña las funciones propias de un sustantivo o, con mayor precisión, de un Sintagma Nominal (SN) (43.1c).

Las subordinadas sustantivas son argumentales (43.1c).

Para averiguar si es una oración subordinada sustantiva seguiremos empleando el recurso clásico de la sustitución: si el segmento puede reemplazarse por un pronombre demostrativo neutro (eso, esto, aquello), por el pronombre átono lo, o por un plural genérico (esas cosas), estamos, sin lugar a dudas, ante una subordinada sustantiva:

Quiero que vengas pronto → Quiero eso (o Lo quiero).

Me disgusta que mientas → Me disgusta eso (o Me disgustan esas cosas).

1 de abril de 2026

La formación de palabras: procedimientos de reducción y mecanismos de préstamo.


En el estudio de la lengua, no solo analizamos la creación de términos mediante la combinación de morfemas (derivación y composición). Existe un conjunto de mecanismos, motivados principalmente por la economía del lenguaje o por el contacto entre culturas, que enriquecen nuestro léxico de forma constante: las siglas, los acrónimos, los acortamientos, las abreviaturas, los préstamos y las locuciones.

ÍNDICE DEL CONTENIDO
1. Siglas
2, Acrónimos.
3. Acortamiento.
4. Abreviatura.
5. Préstamo linguïstico.
6. Locuciones

La economía gráfica y fónica

Las siglas

Las siglas se utilizan para referirse de forma abreviada a organismos, instituciones, empresas, objetos, sistemas, asociaciones, etc. Se crean con los primeros caracteres o letras de varias palabras, organizadas en origen como un sintagma, y cuyo conjunto sirve para denominar abreviadamente una realidad: DGT (Dirección general de tráfico), PYME (Pequeñas y medianas empresas). 

Pueden a veces incorporar números, que se leen tal y como suenan. 11-M (/once eme/).

Las letras que forman siglas se escriben con mayúscula y sin puntos. 

Se pronuncian deletreándolas ((ONG sonaría /o-ene-gé/) . 

Nunca toman en cuenta los acentos de las letras iniciales de las palabras, ni añaden tildes a la sílaba tónica correspondiente cuando se las pronuncia. Así, por ejemplo, las siglas CIA (Central de Inteligencia Americana) se pronuncian /cía,/ pero no se escriben con tilde.
[Para más detalles sobre las siglas, puede leer nuestra entrada: "Algunas de las siglas más empleadas en España"].

Los acrónimos.

Se puede dar el caso de que unas siglas tengan varias letras de las palabras del elemento que se está abreviando, en este caso a esto se le denomina acrónimo: UNASUR (Unión de Naciones Suramericanas). 

También se consideran acrónimos las palabras que se han formado a partir de siglas y que pueden pronunciarse: RENFE (Red Nacional de Ferrocarriles Españoles), UNED (Universidad nacional de educación a distancia), ESO (Enseñanza Secundaria Obligatoria). 

La generalización de los acrónimos puede incluso permitir escribirlos con minúscula, total o parcialmente (uvi, láser, ovni, Talgo, Ave, sida, Unesco). 

Son acrónimos las voces nuevas formadas mediante unión del comienzo y el final de de dos términos de una palabra compuesta; o mediante una palabra entera y un segmento de otra: ofimática (oficina + informática), bonobús (abono + autobús), frontenis (frontón + tenis), eurodiputado (Europa + diputado), autobús (automóvil + omnibus), motel (motor + hotel), informática (información + automática)…

27 de marzo de 2026

GARCILASO DE LA VEGA. COMENTARIO Y ANÁLISIS DEL Soneto IV: "Un rato se levanta mi esperanza".


Esta entrada realizará un exhaustivo análisis del soneto IV: "Un rato se levanta mi esperanza" de Garcilaso de la Vega, uno de los sonetos más esenciales para entender su obra y el propio Renacimiento español.
En este sentido, es interesante detenerse en él porque se trata de un pequeño manifiesto de lo que será este período: en apenas catorce versos, Garcilaso de la Vega logra capturar el tránsito del hombre medieval, resignado a su suerte bajo un prisma teocentrista, al hombre moderno, de filosofía antropocentrista, capaz de desafiar al mundo con su propia determinación, fruto de una introspección agónica. Por eso la crítica establece que el soneto desarrolla el triunfo de la voluntad del poeta sobre el destino o Fortuna, es la cristalización de una subjetividad moderna que lucha entre la voluntad y el destino.
Dentro de este marco, siguiendo las tesis de Rafael Lapesa en "La trayectoria poética de Garcilaso" [Madrid: Alianza Universidad, 1986, pp. 58-63 y 172], en este soneto se observa que el poeta toledano introduce una novedad fundamental en la lírica castellana: la observación del yo, la autoscopia espiritual. Lapesa explica que Garcilaso inaugura en castellano la capacidad de dividir al "yo": uno que sufre y otro que analiza ese sufrimiento. Así es, aquí el sujeto lírico no solo padece el vaivén emocional, sino que lo razona. Esto lo toma de Francesco Petrarca, quien se examina a sí mismo, valorando su experiencia subjetiva bajo la técnica denominada "esame de conciencia" (examen de conciencia), pero eliminando la angustia religiosa y sustituyéndola por una melancolía puramente humana y laica. Y también vincula Lapesa esta observación del yo con el ideal de Castiglione en "El Cortesano", donde el dominio de uno mismo pasa por el conocimiento exhaustivo de las propias pasiones. De este modo, ese "rato" de esperanza con el que se inicia el verso y el poema es una tregua mínima que la fortuna concede al amante para reflexionar, teniendo como fruto el reconocimiento de un "cansancio" metafísico, de una fatiga del espíritu: ese "hallo luego el camino tan cansado" no se referirá a una distancia física, sino a la extenuación de una voluntad que ha repetido el mismo error demasiadas veces. Es lo que la crítica especializada define como la paradoja del amante petrarquista: la necesidad de seguir adelante sabiendo que el final es el "daño". Esta paradoja, que autores como Mario Praz [The Flaming Heart; essays on Crashaw, Machiavelli, and other studies in the relations between Italian and English literature from Chaucer to T. S. Eliot. New York: Doubleday Anchor Books, 1958] detallan como la estetización del conflicto y Rafael Lapesa como la lucha de una voluntad agotada, encuentran en el primer cuarteto del Soneto IV su expresión más depurada. No estamos ante un lamento, sino ante la exposición de una contradicción ontológica: el sujeto se sabe condenado al desengaño, pero la arquitectura de su deseo le impone un nuevo e inútil intento de ascenso.
Por otro lado, siguiendo a E. Garin, con Ficino el yo deja de ser solo introspección moral y se convierte en alma activa dentro de un cosmos vivo. El hombre participa de las fuerzas del universo; puede elevarse hacia lo divino mediante el amor y la contemplación, pues es un microcosmos que refleja el macrocosmos. De esta manera se hace un yo espiritual, mágico, simbólico, pero también profundamente activo: puede armonizarse con el cosmos y transformarse. Ficino propondrá la dignificación filosófica del individuo como ser intermedio entre lo material y lo divino. Por eso, Garcilaso beberá la idea del deseo como ascenso (Platón/Ficino), lo que le añade una capa de escepticismo vital que algunos estudiosos, como Rivers, vinculan con su propia experiencia como hombre de armas y letras: alguien que conoce la brevedad de la vida y la fragilidad de las promesas.
Recordemos que para Ficino (como para Garcilaso):
"Sólo al hombre le es dado en suerte tomar angustiosa conciencia de su limitación, de la imposibilidad de superarla, de la miseria de su finitud. A la imbecillitas corporis, que comparte con todos los demás seres vivos, el hombre, y sólo él, añade una espasmódica inquietudo animi, una anxietas que se manifiesta como sed imposible de saciar en las fuentes terrenales. Ficino insiste sin descanso en las amenazas del dolor y la muerte, así como en algo más sutil todavía: la sensación de una vanidad radical de las cosas, la sensación de que vivimos en un mundo falaz de sombras e ilusiones, de que nos movemos por la superficie de una realidad cuyo secreto último se nos escapa.
Ahora bien, dos pueden ser las vías de salida para esta dolorosa conciencia de incompletitud propia de nuesta naturaleza, de esta necesidad de no se sabe muy bien qué, de esta punzante y amarga desesperación que nunca abandona al filósofo serio. De un lado, el reconocimiento explícito y la aceptación de una situación bloqueada, sin salida; de otro, la esperanza de que en este mundo no sea todo más que un mal sueño, que la manifiesta insignificancia de las cosas sea indicio de que por encima de estas cosas insignificantes existe el plano de los significados, la luz que no se extingue y todo lo ilumina, la fuente que puede de verdad saciar toda sed
".
[Garin, Eugenio. La revolución cultural del Renacimiento. Barcelona: Crítica, 1984, pp. 143-144]

Consecuentemente, al abordar el estudio del célebre inicio «un rato se levanta mi esperanza», no deberá verse solo un verso endecasílabo, sino la representación gráfica de un movimiento anímico: la ascensión y la caída, un eje vertical que define toda la lírica amorosa del Renacimiento. Conviértese por ello el elemento temporal "rato" en el núcleo del escepticismo garcilasiano, acotando el bienestar a la insignificancia cronológica de un instante, preparando al oyente para la caída inmediata. Es la brevedad del tempus fugit aplicada al sentimiento amoroso.
Teniendo en consideración estas cuestiones, habría que considerar que, para comentar este soneto con rigor, es imperativo aludir a la base ideológica que lo sustenta. No se entiende el conflicto de Garcilaso sin la tensión neoplatónica: el deseo como ascenso hacia la belleza y la realidad material como lastre. En efecto, Garcilaso heredó la noción petrarquista del error consentido: el amante sabe que el camino conduce al "daño", pero la inercia de su propio "cuidado" (la obsesión amorosa) le impide detenerse. Y esta lucha entre lo que el alma desea (el ascenso hacia la Belleza/Esperanza) y lo que la realidad impone (la caída/Cansancio) remite directamente a las teorías de Marsilio Ficino. Sin embargo, Garcilaso aporta un matiz de realismo psicológico propio del caballero renacentista: la aceptación de la derrota. Es lo que señala Elias Rivers: el poeta no busca una solución mística, sino que se limita a dar testimonio de su "estado", una palabra clave que define la fijeza del sufrimiento frente a la mutabilidad de la alegría.
Imagen generada con IA Gemini
Así, siguiendo la estructura interna del contenido, el poema se construye sobre la dialéctica de la esperanza y el cansancio, casi como un viaje psicológico, que comienza con la postración (la esperanza que "torna a caer") para culminar en una resolución heroica y afirmativa. La modernidad de Garcilaso, entonces, reside en esa autoconciencia: el poeta no solo sufre, sino que observa su propio sufrimiento con un escepticismo casi clínico.. Y es este recorrido el que separa a Garcilaso de sus antecesores, uniendo lo espiritual y lo tangible, de forma que el amor no es solo un ideal platónico de "desnudo espíritu", sino una fuerza que reside en el hombre de "carne y hueso": es la reivindicación de la humanidad completa. 
Y, fiel al ideal de su tiempo, Garcilaso escribirá su poema con una sencillez aparente que esconde un dominio técnico absoluto (ajustándose a la "sprezzatura" o elegancia natural" expuesta por Castiglione). Y, a la par, desarrollará una tensión dinámica que define su texto, pasando de la languidez inicial de los cuartetos a la energía asertiva de los tercetos, ajustando la forma al contenido. Ejemplo de ello es el uso del encabalgamiento (especialmente entre los versos 5 y 6), que no es un adorno métrico, sino una herramienta para que el oyente sienta físicamente la "áspera mudanza" del dolor, o el desarrollo de los tópicos formulados, no como un motivo literario recurrente más, sino como una metáfora de su pasión interna. Así, el tópico de la Fortuna (la suerte que sube y baja en un rueda de incesante movimiento) es empleado para subvertirlo, destacando la lucha del individuo (él mismo) contra los obstáculos (los "mil inconvenientes"), y terminando taxativo con la idea de que el compromiso amoroso es un desafio, es más fuerte que la "prisión", que los "montes" e incluso que la propia "muerte" (idea que evolucionará luego al "amor constante más allá de la muerte".




SONETO IV: “Un rato se levanta mi esperanza”, de Garcilaso de la Vega 

 

Un rato se levanta mi esperanza;
mas, cansada de haberse levantado,
torna a caer, que deja, a mal mi grado,                                a mal mi grado = a mi pesar 
libre el lugar a la desconfianza.

¿Quién sufrirá tan áspera mudanza
del bien al mal? ¡Oh, corazón cansado,
esfuerza en la miseria de tu estado,                                      esfuerza = saca fuerzas, anímate
que tras fortuna suele haber bonanza!                                 fortuna = adversidad

Yo mismo emprenderé, a fuerza de brazos,
romper un monte que otro no rompiera,
de mil inconvenientes muy espeso.

Muerte, prisión no pueden, ni embarazos,                           embarazos = obstáculos
quitarme de ir a veros como quiera,                                      quitarme = impedirme
desnudo espíritu o hombre en carne y hueso.                Este verso es traducción de otro de Petrarca                            

  Garcilaso de la Vega

 

Para la realización de este comentario seguiremos el modelo establecido por José María Díez Borque [Comentario de textos literarios. Método y práctica. Madrid: Playor, 1985].




ÍNDICE DEL COMENTARIO DEL SONETO
1. Adecuación,
a. Localización y contexto.
b. El texto en sociedad.
I. El texto como producto de una clase social.
II. El texto como reflejo de la mentalidad y la cosmovisión (ideología).
III. El texto y su relación con el sistema de valores (éthos).
IV. El público receptor y el consumo literarios.
c. Análisis de los elementos de la comunicación.
d. Intencionalidad comunicativa y funciones del lenguaje.
2. Coherencia.
a. Tipología.
b. Resumen.
c. Argumento.
d. Tema.
e. Subtemas o motivos.
f. Estructura externa.
I. Rirmo de cantidad.
II. Ritmo de intensidad.
III. Rirmo de timbre.
IV. Ritmo de tono.
g. Estructura interna.
3 Cohesión.
a. Léxico.
b. Análisis de figuras literarias.
I. En el plano fónico-fonológico.
II.En el plano morfosintáctico
III. En el plano semántico.

1. ADECUACIÓN.

 

    a. Localización y contexto.


Este poema es un soneto de Garcilaso de la Vega (15011536), una de las figuras fundamentales del Renacimiento español. Su relevancia literaria se debe, en gran medida, a su decisiva contribución a la renovación de la lírica castellana, al incorporar de manera sistemática el endecasílabo italiano en diversas variantes y formaciones estróficas y los principios estéticos del petrarquismo, que transformaron de forma duradera la tradición poética castellana. 

Como indicó el profesor Antonio Prieto [Ferreras, Juan Ignacio (dir.) Historia crítica de la literatura hispánica. Vol. 4. La poesía en la Edad de Oro (Renacimiento). Madrid: Taurus, 1988], Garcilaso trasciende la tradición del Cancionero para instaurar una nueva sensibilidad. Garcilaso no solo copia metros (endecasílabo, soneto, lira...), sino que importa una nueva cosmovisión: el Neoplatonismo (esa visión del amor como una fuerza que eleva el alma, pero que también genera melancolía por la inalcanzabilidad del objeto amado -Isabel Freyre como trasunto poético-); junto a una conciencia de la fugacidad del tiempo (Carpe Diem) y la presencia constante de la muerte. Por eso afirma que Garcilaso es el primer poeta español que logra una lengua poética que no parece lengua de laboratorio, sino expresión natural del sentimiento:

"Si con Boscán estábamos en los principios de una ejemplar aclimatación de la nueva poesía, con su amigo Garcilaso hallamos la evocación de un mundo lírico y de una lengua poética a cuyo paso caminará largamente la poesía española. Era una lengua personal (su cancionero) y que como arte podía heredarse, con lo que los poetas españoles encontraron una lengua garcilasiana que unir a la petrarquista para dar uno de los más bellos sentidos al siglo XVI" (pág. 27).

Desde el punto de vista histórico y artístico, esta composición podemos situarla en el primer tercio del siglo XVI, en el contexto del reinado de Carlos V, etapa marcada por la difusión del Humanismo y el Renacimiento. Este movimiento propició una síntesis entre determinados valores heredados de la tradición medieval y una nueva concepción neoplatónica del amor y del ser humano, plenamente asumida por la lírica renacentista.