Esta narración de terror gótico presenta a Christopher Maitland, un coleccionista de objetos macabros que adquiere, por medio del turbio traficante Marco, una reliquia atribuida al Marqués de Sade: su supuesta calavera. Pese a las advertencias sobre la maldición que la rodea y sobre los rituales perversos vinculados a ella, Maitland sucumbe a una obsesión cada vez más intensa. El relato sugiere que el objeto no es una mera pieza de colección, sino una presencia dotada de voluntad propia, maligna y depredadora, responsable de las desgracias sufridas por sus antiguos poseedores. Tras hallar el cadáver de Marco, el protagonista se apropia definitivamente de la calavera y comienza a padecer pesadillas que pronto invaden la realidad hasta volverse mortales. En el desenlace, la reliquia confirma su autonomía monstruosa al provocar la muerte de Maitland, cuya expresión severa queda transformada en una mueca de satisfacción sádica. La fuente plantea así una reflexión inquietante sobre cómo la fascinación por la crueldad histórica y el deseo de poseer sus vestigios pueden desembocar en una autodestrucción tanto física como espiritual.
![]() |
| Imagen creada con IA NotebookKLM |
LA CALAVERA DEL MARQUÉS DE SADE (1945)
publicado originalmente en la revista Weird Tales
1.
Christopher Maitland se sentó de nuevo en su silla frente a la chimenea y acarició la encuadernación de un viejo libro. Su rostro delgado, modelado por la parpadeante luz del fuego, mostraba una característica expresión de reflexión erudita.
La curiosidad intelectual de Maitland se concentraba en el volumen que tenía en las manos. Brevemente, se preguntaba si la piel humana que encuadernaba el libro procedía de un hombre, una mujer o un niño.
El librero le había asegurado que el tomo estaba encuadernado con una porción de piel de mujer, pero Maitland, por mucho que deseara creerlo, era escéptico por naturaleza. Por lo general, los libreros que comercian con este tipo de curiosidades no gozan de demasiada reputación, y los años que Christopher Maitland llevaba tratando con este tipo de gente habían hecho mucho por destruir la fe en su veracidad.
Aun así, esperaba que la historia fuera cierta. Era agradable tener un libro encuadernado en la piel de una mujer. Era agradable tener una crux ansata fabricada a partir de un fémur; una colección de cabezas de Dyack; una arrugada Mano de la Gloria robada de un cementerio de Mainz. Maitland poseía todos estos objetos y muchos más. Porque era un coleccionista de lo extraño.
Maitland sostuvo el libro al trasluz y trató de distinguir la formación de los poros bajo la superficie curtida de la encuadernación. Las mujeres tenían poros más finos que los hombres, ¿no?
—Disculpe, señor.
Maitland se volvió al entrar Hume.
—¿Qué ocurre? — preguntó.
—Esa persona está aquí de nuevo.
—¿Persona?
—El Sr. Marco.
—Oh
Maitland se levantó, ignorando la expresión casi grotesca de desagrado del mayordomo. Reprimió una risita. Al pobre Hume no le gustaba Marco, ni ninguno de los rufianes que suministraban a Maitland objetos para su colección. A Hume tampoco le gustaba la colección en sí: Maitland recordaba vívidamente el temblor aprensivo del viejo criado cuando desempolvó el estuche que contenía la momia del sacerdote de Horus decapitado por brujería.
—Marco, ¿eh? Me pregunto qué se trae—. musitó Maitland. —Bueno, será mejor que le haga pasar.
Hume se dio la vuelta y se marchó con una notable falta de entusiasmo. En cuanto a Maitland, su interés aumentó. Pasó la mano por el dorso reticulado de un tao-tieh de Jade y se lamió los labios con una expresión muy parecida a la que adornaba el rostro de la imagen china de la glotonería.
El viejo Marco estaba aquí. Eso significaba algo realmente especial en materia de adquisiciones. Tal vez Marco no era exactamente el tipo de persona a la que se invitaba al Club, pero tenía su utilidad. De dónde sacaba algunas de las cosas que ponía a la venta, Maitland no lo sabía; no le importaba demasiado. Eso era cosa de Marco. Lo que interesaba a Christopher Maitland era la rareza de lo que ofrecía. Si uno quería un libro encuadernado en piel humana, el viejo Marco era el tipo adecuado para conseguirlo, aunque tuviera que desollarlo y encuadernarlo él mismo. ¡Gran personaje, el viejo Marco!
—El Sr. Marco, señor.
Hume se retiró con discreción, y Maitland hizo un gesto a su visitante para que se acercara.
El Sr. Marco se deslizó en la habitación. El hombrecillo era gordo, grasiento; su carne grumosa, como el sebo coagulándose alrededor del muñón de una vela. Su palidez de cera acentuaba el símil. Parecía que sólo faltaba que brotara una mecha de la bola calva de grasa que servía de cabeza al señor Marco.
