14 de julio de 2026

RESUMEN DE "SAN MANUEL BUENO, MÁRTIR" de Miguel de Unamuno

¿Se puede ser santo sin creer en Dios? Esa es la paradoja que Miguel de Unamuno plantea en San Manuel Bueno, mártir, una de las obras más intensas e influyentes de la Generación del 98. Escrita en 1931 (en la revista "La novela de hoy", y posteriormente en forma de libro en 1933), esta nivola nos sumerge en el dilema de un párroco que se convierte en el mártir de su propio silencio, fingiendo una fe que ya no posee para salvaguardar la paz de su pueblo. En apenas unas páginas, Unamuno articula un debate nítido y desgarrador sobre la verdad y la mentira, el consuelo social de la religión y la angustia ante la muerte. Invitándonos a adentrarnos en los dilemas internos de un sacerdote que, mientras guía y consuela a los habitantes de una pequeña aldea junto a un lago rodeado de montañas, ha perdido en secreto la fe, se desplegarán ante el lector preguntas profundas y universales: los conflictos entre la fe y la duda, el deseo de creer, la reflexión sobre la existencia y la muerte, la inmortalidad del alma y la búsqueda de sentido ante el absurdo de la vida y de nuestra propia identidad. Es, por ello, una obra profundamente humana, que apela a las emociones y a las inquietudes más íntimas del ser humano.

En este resumen intentaremos desvelar los planteamientos filosóficos que se nos ofrecen por parte de Unamuno, mientras escrutamos paso a paso el desarrollo del relato.

Presentación de don Manuel y su vida ejemplar (narrado por Ángela)

Propósito de la obra.


El relato arranca bajo la forma de un manuscrito encontrado, concretamente bajo la confesión de Ángela Carballino: quiero dejar aquí consignado, a modo de confesión y sólo Dios sabe, que no yo, con qué destino, todo lo que sé y recuerdo de aquel varón matriarcal que llenó toda la más entrañada vida de mi alma, que fue mi verdadero padre espiritual, el padre de mi espíritu, del mío, el de Ángela Carballino". Desde esta primera declaración, Ángela no se limita a recordar, sino que asume el papel de cronista de Valverde de Lucerna y convierte su memoria personal en testimonio colectivo. Su propósito inicial consiste, por tanto, en rescatar la figura de Don Manuel —cuya beatificación ya se tramita en la diócesis de Renada— y fijar por escrito una verdad íntima que, aunque nace de la devoción, pronto se revelará atravesada por la duda.

De ahí que lo fascinante de este comienzo resida en el sutil juego de contrastes que organiza toda la obra. Frente a la apariencia de una crónica edificante sobre la santidad pública del cura, Unamuno introduce desde el inicio una grieta existencial mediante las palabras de San Pablo: "Si sólo en esta vida esperamos en Cristo, somos los más miserables de los hombres todos" (I Corintios, XV, 19). Esta cita desplaza el relato desde la simple exaltación hagiográfica hacia una reflexión mucho más problemática: si la esperanza cristiana se reduce a consuelo terrenal, entonces la fe, la salvación y la felicidad comunitaria quedan radicalmente cuestionadas. Así, la novela dinamita cualquier lectura previsible y anuncia que la santidad de Don Manuel será, en realidad, el reverso visible de su propia agonía interior.

Presentación y caracterización de los personajes.

Desde las primeras páginas, Unamuno perfila a Ángela Carballino como una narradora singular, alejada del analfabetismo rural que podría esperarse en el contexto de Valverde de Lucerna. La herencia paterna de un «revoltijo de libros» —entre los que figuraban el Quijote, piezas del teatro clásico y algunas novelas— le otorgó una sensibilidad literaria y una capacidad de análisis que la individualizan frente al resto de los habitantes del pueblo. Esta formación, consolidada después durante cinco años de internado en un colegio de religiosas en la ciudad de Renada, le proporciona la distancia crítica necesaria para observar su entorno sin desligarse afectivamente de él.

A su regreso del centro, la figura del padre biológico aparece eclipsada por el magnetismo de Don Manuel, a quien Ángela reconoce como su “verdadero padre espiritual, el padre de mi espíritu”. De hecho, su vuelta a la aldea, cuando apenas tenía quince años, estuvo marcada por el “ansia de conocerle”, alimentada por las cartas en que su madre le hablaba del sacerdote y por la fascinación que estas despertaron en ella durante su estancia en el colegio. Desde entonces, Don Manuel no se presenta solo como una figura pública de autoridad religiosa, sino como el centro afectivo y espiritual de su vida interior. Por ello, el relato de Ángela tiende inicialmente hacia un retrato hagiográfico de Don Manuel, aunque centrado más en sus acciones concretas y en su influjo humano que en milagros sobrenaturales.

El retrato físico que Ángela ofrece de Don Manuel se transforma pronto en paisaje, hasta fusionarse con el propio Valverde de Lucerna. A los treinta y siete años, el cura aparece como un hombre «alto, delgado, erguido», cuyo porte evoca la cresta de la Peña del Buitre. Esta analogía montañosa sugiere elevación, firmeza y autoridad moral; en cambio, sus ojos, dotados de «toda la hondura azul de nuestro lago», apuntan ya hacia un abismo interior. Del mismo modo, la sinestesia con que el pueblo «empezaba a olerle la santidad» expresa un carisma espiritual que se impone no por la doctrina abstracta, sino por una presencia sensible y casi física.

Un rasgo esencial de esa santidad es su renuncia y vocación de servicio: pese a su «agudeza mental y su talento», rechazó «ofertas de brillante carrera eclesiástica», porque su vocación no consistía en ascender en la jerarquía de la Iglesia, sino en permanecer anclado a su comunidad: «él no quería ser sino de su Valverde de Lucerna». Incluso su entrada en el seminario tuvo un origen práctico y familiar —atender a los hijos de su hermana viuda—, lo que prefigura un sacerdocio orientado hacia las necesidades humanas más inmediatas. Por eso, Ángela insiste en que la santidad de Don Manuel se manifestaba en el trabajo diario: su vida consistía en «arreglar matrimonios desavenidos, reducir a sus padres hijos indómitos [...] y sobre todo consolar a los amargados y atediados, y ayudar a todos a bien morir». El caso de la hija de la tía Rabona resulta especialmente revelador: ante una joven madre soltera y un antiguo novio, Perote, que niega su paternidad, Don Manuel no pronuncia un sermón sobre la culpa o el pecado, sino que interviene de forma pragmática y compasiva:

—Mira, da padre a este pobre crío que no le tiene más que en el cielo.
—¡Pero, don Manuel, si no es mía la culpa...!
—¡Quién lo sabe, hijo, quién lo sabe...!, y, sobre todo, no se trata de culpa.

De esta manera, el pecado queda subordinado a la utilidad social y a la piedad. La posterior invalidez de Perote, consolado por el hijo que adoptó bajo el influjo del cura, confirma la eficacia de esta santidad civil: «Y hoy el pobre Perote, inválido, paralítico, tiene como báculo y consuelo de su vida al hijo aquel que, contagiado de la santidad de Don Manuel, reconoció por suyo no siéndolo».

Valverde de Lucerna opera, así, como un microcosmos simbólico delimitado por la dialéctica del paisaje. La montaña remite a la fe ascendente, firme y monolítica; el lago, en cambio, sugiere las aguas profundas y subterráneas de la duda. Don Manuel aglutina ambos accidentes geográficos: se eleva como la montaña ante su pueblo, pero guarda en su interior la hondura inquietante del lago. Frente a él, los personajes secundarios funcionan como reactivos ideológicos. La madre de Ángela encarna la fe vernácula, el fervor religioso «castísimo» y una devoción absoluta hacia Don Manuel, hasta el punto de desplazar el recuerdo de su propio esposo; Lázaro, el hermano enriquecido en América, representa, por el contrario, el laicismo secular, el racionalismo moderno y la confianza en el progreso. La inminente confrontación entre el hermano escéptico y el cura santo articulará, por tanto, la verdadera tensión de la obra: una dialéctica entre fe y razón.

En conclusión, aunque Don Manuel es presentado con los atributos propios de un santo popular, Ángela introduce de manera deliberada un profundo conflicto teológico y existencial. La narración no se perfila, por ello, como una simple hagiografía —la vida ejemplar de un santo—, sino como una indagación sobre la esencia misma de la santidad. El énfasis en las acciones concretas de Don Manuel, su interés por el bienestar terrenal de sus feligreses y la significativa cita de San Pablo que inaugura el relato sugieren que la fe del párroco podría funcionar más como un recurso para hacer la vida soportable que como una creencia firme en la vida eterna. Por ello, Ángela Carballino, gracias a su capacidad analítica y a su profunda devoción filial, se configura como la testigo clave llamada a desentrañar el misterio que subyace bajo la figura ejemplar de San Manuel Bueno.

12 de julio de 2026

LENGUA. TEMA 30. EL TEXTO ARGUMENTATIVO. ESTRUCTURAS Y TÉCNICAS.


A. ¿Qué es un texto argumentativo?.
Definición.
Desde el punto de vista de la lógoica.
Desde el punto de vista de la retórica.
Desde el punto de vista de la neorretórica.
Desde el punto de vista de la lógocacomunicación.
Desde el punto de vista de la pragmática.
Desde el punto de vista de la argumentación como forma textual.
Desde el punto de vista de la argumentación como texto.
Desde el punto de vista de la argumentación como texto en situación.
B. ¿Cuáles son las estructuras que puede adoptar un texto argumentativo?
Estructura deductiva o analizante.
Estructura inductiva o sintetizante.
Estructura encuadrada o circular.
Estructura dialéctica.
Estructura comparativa.
Estructura repetitiva o reiterativa.
Estructura paralela.
Estructura interrogante o problematizadora.
Estructura enumerativa o acumulativa.
Estructura causal.
Estructura consecutiva.
Estructura de problema-solución.
Estructura concesiva.
Estructura refutativa.
Estructura cronológica o secuencial.
Estructura mixta o combinada.
C. Características lingüísticas de los textos argumentativos.
D. Clasificación.
Argumentos lógico-racionales.
1. Argumento de autoridad.
2. Argumento de semejanza o analogía (a simili, a pari).
3. Argumento de caysa y efecto.
4. Argumento de ejemplificación.
5. Argumento por consecuencias.
6. Argumento por generalización.
7. Argumento por signos o indicios.
8. Argumento por definición.
9. Argumento deductivo o silogístico.
10. Argumento pragmático o por utilidad, calidad o necesidad.
Argumentos empíricos.
11. Argumento de hecho y datos estadísticos.
12. Argumento de experiencia personal o testimonio.
13. Argumento por observación sistemática o inductivo-empírico.
Tópicos argumentativos o loci.
1. Tópico de utilidad o tópico preagmático.
2. Tópico de cantidad.
3. Tópico de calidad.
4. Tópico de tradición.
5. Tópico de progreso o de la novedad.
6. Tópico moral o ético.
7. Tópico de la justicia.
Apéndice. Falacias argumentativas comunes.
1. Falacia ad hominem o ataque personal.
2. Falacia ad populum o apelación emocional a la masa.
3. Falacia de la falsa causa.
4. Falacia de la generalización apresurada.
5. Falacia del muñeco de paja
6. Falacia del falso dilema.
7. Falacia desde la ignorancia (ad ignorantiam)
8. Falacia de la bola de nieve (pendiente deslizante).
9. Falacia de la cuestión compleja.
10. Falacia del recurso a la fuerza (ad baculum).
11. Falacia del recurso a la piedad (ad misericordiam).
12. Falacia por las consecuencias (ad consequentiam).
13. Falacia de autoridad (ad verecundiam).
14. Falacia de la falsa analogía.
15. Falacia de la correlación casual (post hoc ergo propter hoc).
16. Falacia de petición del principio (petitio principii).







9 de julio de 2026

LA ARGUMENTACIÓN. FORMAS Y TIPOS DE ARGUMENTOS , TÓPICOS. FALACIAS.


TEMAS QUE VAMOS A DESARROLLAR
A. ¿Qué es un texto argumentativo?.
B. ¿Cuáles son las estructuras que puede adoptar un texto argumentativo?
Tres modelos o estrategias de disposición argumentativa:
1. Disposición lineal o clásica.
2. Disposición contraargumentativa o de oposición.
3. Disposición dialéctica o de síntesis.
Según la fuerza y el orden de los argumentos:
Orden creciente (o de fuerza ascendente).
Orden decreciente (o de fuerza descendente).
Orden homérico o nestoriano.
Según el lugar de colocación de la tesis:
Estructura deductiva o analizante.
Estructura inductiva o sintetizante.
Estructura encuadrada o circular.
Estructura dialéctica.
Estructura comparativa.
Estructura repetitiva o reiterativa.
Estructura paralela.
Estructura interrogante o problematizadora.
Estructura enumerativa o acumulativa.
Estructura causal.
Estructura consecutiva.
Estructura de problema-solución.
Estructura concesiva.
Estructura refutativa.
Estructura cronológica o secuencial.
Estructura mixta o combinada.
C. Características lingüísticas de los textos argumentativos.
D. Clasificación.
Argumentos lógico-racionales.
1. Argumento de autoridad.
2. Argumento de semejanza o analogía (a simili, a pari).
3. Argumento de caysa y efecto.
4. Argumento de ejemplificación.
5. Argumento por consecuencias.
6. Argumento por generalización.
7. Argumento por signos o indicios.
8. Argumento por definición.
9. Argumento deductivo o silogístico.
10. Argumento pragmático o por utilidad, calidad o necesidad.
Argumentos empíricos.
11. Argumento de hecho y datos estadísticos.
12. Argumento de experiencia personal o testimonio.
13. Argumento por observación sistemática o inductivo-empírico.
Tópicos argumentativos o loci.
1. Tópico de utilidad o tópico preagmático.
2. Tópico de cantidad.
3. Tópico de calidad.
4. Tópico de tradición.
5. Tópico de progreso o de la novedad.
6. Tópico moral o ético.
7. Tópico de la justicia.
Apéndice. Falacias argumentativas comunes.
1. Falacia ad hominem o ataque personal.
2. Falacia ad populum o apelación emocional a la masa.
3. Falacia de la falsa causa.
4. Falacia de la generalización apresurada.
5. Falacia del muñeco de paja
6. Falacia del falso dilema.
7. Falacia desde la ignorancia (ad ignorantiam)
8. Falacia de la bola de nieve (pendiente deslizante).
9. Falacia de la cuestión compleja.
10. Falacia del recurso a la fuerza (ad baculum).
11. Falacia del recurso a la piedad (ad misericordiam).
12. Falacia por las consecuencias (ad consequentiam).
13. Falacia de autoridad (ad verecundiam).
14. Falacia de la falsa analogía.
15. Falacia de la correlación casual (post hoc ergo propter hoc).
16. Falacia de petición del principio (petitio principii).


Nota: esta entrada está encaminada, fundamentalmente, a los alumnos de bachillerato y su preparación para la PAU/EVAU.

A. ¿Qué es un texto argumentativo?

Un texto argumentativo es aquel cuya finalidad principal consiste en defender, justificar, matizar o refutar una idea, una opinión o un punto de vista acerca de un tema discutible. A diferencia de los textos meramente expositivos, que se limitan a informar o explicar una realidad, el texto argumentativo pretende intervenir en una controversia: parte de una cuestión sobre la que pueden existir distintas posturas y trata de conseguir que el destinatario acepte, al menos parcialmente, la posición defendida por el emisor. Por ejemplo, no es lo mismo explicar qué es la lectura digital que defender la tesis de que “la lectura digital no debe sustituir por completo a la lectura en papel en el ámbito educativo”. En el primer caso predomina la exposición; en el segundo, la argumentación.

No obstante, debemos distinguir entre opinión, postura o punto de vista y tesis.

La opinión es subjetiva (lo pienso yo) y no requiere de fundamentación alguna. Por regla general, no busca convencer al oyente, pues solo se quiere manifestar el propio punto de vista.
La postura o punto de vista es subjetiva (lo pienso yo), pero requiere fundamentación (por esto, lo otro...). Busca convencer al otro a través de sólidas argumentaciones.
La tesis suele ser objetiva, fundamentándose en razonamientos sólidos y en evidencias. Busca convencer, persuadir.
Hay textos que presentan opiniones sin que lleguen a ser una postura concreta del emisor (pues no se han fundamentado ni se busca convencer de nada, simplemente compartir un punto de vista). Y hay posturas, que se basan en hechos contrastables, que no son tesis, porque no son puntos de vista objetivos.

Los dos objetivos o finalidades de la argumentación, según el "Tratado de la argumentación" de Perelman y Olbrechts-Tyteca, son:

«persuadir y convencer (...). Mientras la persuasión connota la consecución de un resultdo práctico, la adopción de una actitud determinada o su puesta en práctica en la acción, el convencimiento no trasciende la esfera mental. Por otra parte, mientras la ciencia se basa en lo evidente, en precisas verdades y necesarias, en pruebas irrefutables y racionales, la filosofía y la retórica replantean siempre los problemas desde el comienzo, aportando pruebas solamente probables, razonables, preferibles, que hab de ser aceptadas responsablemente».
[Perelman, Chaïm, y Lucie Olbrechts-Tyteca. Tratado de la argumentación: la nueva retórica. Madrid: Gredos, 1989, pág. 16]

Para cumplir esa doble finalidad, el emisor aporta razones, pruebas, datos, ejemplos, comparaciones, testimonios o argumentos de autoridad con los que intenta sostener su tesis o debilitar una opinión contraria. Así, ante la tesis “conviene limitar el uso del teléfono móvil en las aulas”, podrían emplearse, por ejemplo, argumentos causales —“su uso constante dispersa la atención”—, argumentos de autoridad —“diversos informes pedagógicos advierten sobre la relación entre distracción digital y bajo rendimiento”— o argumentos por consecuencias —“si se reduce su presencia durante las clases, puede mejorar la concentración y la participación del alumnado”. La fuerza del texto argumentativo depende, por tanto, de la calidad, pertinencia y organización de esas razones.

La argumentación ha venido siendo estudiada desde dos ámbitos, el de la lógica y el de la retórica. Pero actualmente hay que añadir otros focos de interés, como el de la neoretórica, el de la teoría de la comunicación, de la pragmática, la argumentación como forma textual, como textocy como texto en situación. Vamos a exponerlo.

① Desde el punto de vista de la lógica, un argumento se concibe como un razonamiento compuesto por una o varias premisas y una conclusión. Las premisas son los enunciados que sirven de punto de partida, mientras que la conclusión es la afirmación que se pretende demostrar, justificar o inferir a partir de ellas. En este marco, lo fundamental no es tanto persuadir a un auditorio concreto como determinar si la conclusión se sigue correctamente de las premisas. Por ejemplo, en el razonamiento clásico “todos los seres humanos son mortales; Sócrates es un ser humano; por tanto, Sócrates es mortal”, la conclusión deriva necesariamente de las premisas, de modo que el argumento presenta una estructura válida.

La lógica distingue entre la verdad de los enunciados y la validez de la inferencia. Un argumento puede tener premisas verdaderas o falsas, pero será válido si la conclusión se desprende necesariamente de ellas según una forma correcta de razonamiento. Así, en los argumentos deductivos, si las premisas son verdaderas y la estructura es válida, la conclusión no puede ser falsa. En cambio, si la relación entre premisas y conclusión es defectuosa, el argumento será inválido, aunque pueda parecer convincente. Por ello, la lógica se ocupa principalmente de la coherencia interna del razonamiento y de la corrección formal del paso de unas proposiciones a otras.
Además de la deducción, la lógica y la teoría de la argumentación reconocen otros modos de razonamiento, como la inducción y la abducción. En la inducción, se parte de casos particulares para formular una conclusión general probable: “varios alumnos que leen con frecuencia obtienen mejores resultados de comprensión; por tanto, la lectura habitual favorece la competencia lectora”. En la abducción, se propone una hipótesis explicativa ante un hecho observado: “si muchos estudiantes fallan en preguntas inferenciales, quizá no se haya trabajado suficientemente la interpretación implícita”. A diferencia de la deducción, estos razonamientos no garantizan una conclusión necesaria, sino más o menos probable según la cantidad y calidad de las pruebas.

En consecuencia, desde una perspectiva lógica, un argumento se evalúa atendiendo a criterios como la validez, la consistencia, la ausencia de contradicción, la pertinencia de las premisas y la suficiencia de las pruebas. Un razonamiento es más sólido cuanto mejor conectadas están sus premisas con la conclusión y cuanto menos depende de ambigüedades, saltos injustificados o falacias. Por eso, la lógica proporciona instrumentos para analizar si un argumento está bien construido, si incurre en contradicciones o si la conclusión excede lo que las premisas permiten afirmar.
[Vega Reñón, Luis. Si de argumentar se trata. Barcelona: Montesinos, 2003.
Weston, Anthony. Las claves de la argumentación. Barcelona: Ariel, 2001].

Esta perspectiva permite establecer una primera distinción entre lógica y retórica: mientras que la lógica se centra en la corrección racional del razonamiento, la retórica atiende también a su eficacia persuasiva en una situación comunicativa concreta. Dicho de otro modo, para la lógica interesa si la conclusión se sigue adecuadamente de las premisas; para la retórica, además, importa si ese razonamiento resulta convincente para un auditorio determinado. A partir de esta diferencia puede entenderse mejor la relación, y también la tensión, entre validez lógica y fuerza persuasiva.

② Desde el punto de vista de la retórica, los argumentos no se valoran únicamente en términos de verdad o falsedad, como ocurre en la lógica formal, sino en función de su probabilidad, plausibilidad o verosimilitud dentro de un determinado contexto comunicativo. Un argumento retórico pretende obtener la adhesión de un auditorio concreto y, por ello, depende en gran medida del sistema de creencias, valores, conocimientos previos y expectativas que ese auditorio comparte —o no— con el emisor. Así, un razonamiento puede resultar convincente para un grupo de lectores/oyentes porque apela a valores que consideran legítimos, como la justicia, la utilidad, la tradición o el progreso, y ser, en cambio, poco persuasivo para otro auditorio/lector que ordena esos valores de manera distinta.

MINILECTURA. "LA CALAVERA DEL MARQUÉS DE SADE", de ROBERT BLOCH (EE.UU., 1917-1994 d.n.e.)


Esta narración de terror gótico presenta a Christopher Maitland, un coleccionista de objetos macabros que adquiere, por medio del turbio traficante Marco, una reliquia atribuida al Marqués de Sade: su supuesta calavera. Pese a las advertencias sobre la maldición que la rodea y sobre los rituales perversos vinculados a ella, Maitland sucumbe a una obsesión cada vez más intensa. El relato sugiere que el objeto no es una mera pieza de colección, sino una presencia dotada de voluntad propia, maligna y depredadora, responsable de las desgracias sufridas por sus antiguos poseedores. Tras hallar el cadáver de Marco, el protagonista se apropia definitivamente de la calavera y comienza a padecer pesadillas que pronto invaden la realidad hasta volverse mortales. En el desenlace, la reliquia confirma su autonomía monstruosa al provocar la muerte de Maitland, cuya expresión severa queda transformada en una mueca de satisfacción sádica. La fuente plantea así una reflexión inquietante sobre cómo la fascinación por la crueldad histórica y el deseo de poseer sus vestigios pueden desembocar en una autodestrucción tanto física como espiritual.
Imagen creada con IA NotebookKLM

LA CALAVERA DEL MARQUÉS DE SADE (1945)

publicado originalmente en la revista Weird Tales


1.

Christopher Maitland se sentó de nuevo en su silla frente a la chimenea y acarició la encuadernación de un viejo libro. Su rostro delgado, modelado por la parpadeante luz del fuego, mostraba una característica expresión de reflexión erudita.

La curiosidad intelectual de Maitland se concentraba en el volumen que tenía en las manos. Brevemente, se preguntaba si la piel humana que encuadernaba el libro procedía de un hombre, una mujer o un niño.

El librero le había asegurado que el tomo estaba encuadernado con una porción de piel de mujer, pero Maitland, por mucho que deseara creerlo, era escéptico por naturaleza. Por lo general, los libreros que comercian con este tipo de curiosidades no gozan de demasiada reputación, y los años que Christopher Maitland llevaba tratando con este tipo de gente habían hecho mucho por destruir la fe en su veracidad.

Aun así, esperaba que la historia fuera cierta. Era agradable tener un libro encuadernado en la piel de una mujer. Era agradable tener una crux ansata fabricada a partir de un fémur; una colección de cabezas de Dyack; una arrugada Mano de la Gloria robada de un cementerio de Mainz. Maitland poseía todos estos objetos y muchos más. Porque era un coleccionista de lo extraño.

Maitland sostuvo el libro al trasluz y trató de distinguir la formación de los poros bajo la superficie curtida de la encuadernación. Las mujeres tenían poros más finos que los hombres, ¿no?

—Disculpe, señor.

Maitland se volvió al entrar Hume.

—¿Qué ocurre? — preguntó.

—Esa persona está aquí de nuevo.

—¿Persona?

—El Sr. Marco.

—Oh

Maitland se levantó, ignorando la expresión casi grotesca de desagrado del mayordomo. Reprimió una risita. Al pobre Hume no le gustaba Marco, ni ninguno de los rufianes que suministraban a Maitland objetos para su colección. A Hume tampoco le gustaba la colección en sí: Maitland recordaba vívidamente el temblor aprensivo del viejo criado cuando desempolvó el estuche que contenía la momia del sacerdote de Horus decapitado por brujería.

—Marco, ¿eh? Me pregunto qué se trae—. musitó Maitland. —Bueno, será mejor que le haga pasar.

Hume se dio la vuelta y se marchó con una notable falta de entusiasmo. En cuanto a Maitland, su interés aumentó. Pasó la mano por el dorso reticulado de un tao-tieh de Jade y se lamió los labios con una expresión muy parecida a la que adornaba el rostro de la imagen china de la glotonería.

El viejo Marco estaba aquí. Eso significaba algo realmente especial en materia de adquisiciones. Tal vez Marco no era exactamente el tipo de persona a la que se invitaba al Club, pero tenía su utilidad. De dónde sacaba algunas de las cosas que ponía a la venta, Maitland no lo sabía; no le importaba demasiado. Eso era cosa de Marco. Lo que interesaba a Christopher Maitland era la rareza de lo que ofrecía. Si uno quería un libro encuadernado en piel humana, el viejo Marco era el tipo adecuado para conseguirlo, aunque tuviera que desollarlo y encuadernarlo él mismo. ¡Gran personaje, el viejo Marco!

—El Sr. Marco, señor.

Hume se retiró con discreción, y Maitland hizo un gesto a su visitante para que se acercara.

El Sr. Marco se deslizó en la habitación. El hombrecillo era gordo, grasiento; su carne grumosa, como el sebo coagulándose alrededor del muñón de una vela. Su palidez de cera acentuaba el símil. Parecía que sólo faltaba que brotara una mecha de la bola calva de grasa que servía de cabeza al señor Marco.