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14 de julio de 2026

RESUMEN DE "SAN MANUEL BUENO, MÁRTIR" de Miguel de Unamuno

¿Se puede ser santo sin creer en Dios? Esa es la paradoja que Miguel de Unamuno plantea en San Manuel Bueno, mártir, una de las obras más intensas e influyentes de la Generación del 98. Escrita en 1931 (en la revista "La novela de hoy", y posteriormente en forma de libro en 1933), esta nivola nos sumerge en el dilema de un párroco que se convierte en el mártir de su propio silencio, fingiendo una fe que ya no posee para salvaguardar la paz de su pueblo. En apenas unas páginas, Unamuno articula un debate nítido y desgarrador sobre la verdad y la mentira, el consuelo social de la religión y la angustia ante la muerte. Invitándonos a adentrarnos en los dilemas internos de un sacerdote que, mientras guía y consuela a los habitantes de una pequeña aldea junto a un lago rodeado de montañas, ha perdido en secreto la fe, se desplegarán ante el lector preguntas profundas y universales: los conflictos entre la fe y la duda, el deseo de creer, la reflexión sobre la existencia y la muerte, la inmortalidad del alma y la búsqueda de sentido ante el absurdo de la vida y de nuestra propia identidad. Es, por ello, una obra profundamente humana, que apela a las emociones y a las inquietudes más íntimas del ser humano.

En este resumen intentaremos desvelar los planteamientos filosóficos que se nos ofrecen por parte de Unamuno, mientras escrutamos paso a paso el desarrollo del relato.

Presentación de don Manuel y su vida ejemplar (narrado por Ángela)

Propósito de la obra.


El relato arranca bajo la forma de un manuscrito encontrado, concretamente bajo la confesión de Ángela Carballino: quiero dejar aquí consignado, a modo de confesión y sólo Dios sabe, que no yo, con qué destino, todo lo que sé y recuerdo de aquel varón matriarcal que llenó toda la más entrañada vida de mi alma, que fue mi verdadero padre espiritual, el padre de mi espíritu, del mío, el de Ángela Carballino". Desde esta primera declaración, Ángela no se limita a recordar, sino que asume el papel de cronista de Valverde de Lucerna y convierte su memoria personal en testimonio colectivo. Su propósito inicial consiste, por tanto, en rescatar la figura de Don Manuel —cuya beatificación ya se tramita en la diócesis de Renada— y fijar por escrito una verdad íntima que, aunque nace de la devoción, pronto se revelará atravesada por la duda.

De ahí que lo fascinante de este comienzo resida en el sutil juego de contrastes que organiza toda la obra. Frente a la apariencia de una crónica edificante sobre la santidad pública del cura, Unamuno introduce desde el inicio una grieta existencial mediante las palabras de San Pablo: "Si sólo en esta vida esperamos en Cristo, somos los más miserables de los hombres todos" (I Corintios, XV, 19). Esta cita desplaza el relato desde la simple exaltación hagiográfica hacia una reflexión mucho más problemática: si la esperanza cristiana se reduce a consuelo terrenal, entonces la fe, la salvación y la felicidad comunitaria quedan radicalmente cuestionadas. Así, la novela dinamita cualquier lectura previsible y anuncia que la santidad de Don Manuel será, en realidad, el reverso visible de su propia agonía interior.

Presentación y caracterización de los personajes.

Desde las primeras páginas, Unamuno perfila a Ángela Carballino como una narradora singular, alejada del analfabetismo rural que podría esperarse en el contexto de Valverde de Lucerna. La herencia paterna de un «revoltijo de libros» —entre los que figuraban el Quijote, piezas del teatro clásico y algunas novelas— le otorgó una sensibilidad literaria y una capacidad de análisis que la individualizan frente al resto de los habitantes del pueblo. Esta formación, consolidada después durante cinco años de internado en un colegio de religiosas en la ciudad de Renada, le proporciona la distancia crítica necesaria para observar su entorno sin desligarse afectivamente de él.

A su regreso del centro, la figura del padre biológico aparece eclipsada por el magnetismo de Don Manuel, a quien Ángela reconoce como su “verdadero padre espiritual, el padre de mi espíritu”. De hecho, su vuelta a la aldea, cuando apenas tenía quince años, estuvo marcada por el “ansia de conocerle”, alimentada por las cartas en que su madre le hablaba del sacerdote y por la fascinación que estas despertaron en ella durante su estancia en el colegio. Desde entonces, Don Manuel no se presenta solo como una figura pública de autoridad religiosa, sino como el centro afectivo y espiritual de su vida interior. Por ello, el relato de Ángela tiende inicialmente hacia un retrato hagiográfico de Don Manuel, aunque centrado más en sus acciones concretas y en su influjo humano que en milagros sobrenaturales.

El retrato físico que Ángela ofrece de Don Manuel se transforma pronto en paisaje, hasta fusionarse con el propio Valverde de Lucerna. A los treinta y siete años, el cura aparece como un hombre «alto, delgado, erguido», cuyo porte evoca la cresta de la Peña del Buitre. Esta analogía montañosa sugiere elevación, firmeza y autoridad moral; en cambio, sus ojos, dotados de «toda la hondura azul de nuestro lago», apuntan ya hacia un abismo interior. Del mismo modo, la sinestesia con que el pueblo «empezaba a olerle la santidad» expresa un carisma espiritual que se impone no por la doctrina abstracta, sino por una presencia sensible y casi física.

Un rasgo esencial de esa santidad es su renuncia y vocación de servicio: pese a su «agudeza mental y su talento», rechazó «ofertas de brillante carrera eclesiástica», porque su vocación no consistía en ascender en la jerarquía de la Iglesia, sino en permanecer anclado a su comunidad: «él no quería ser sino de su Valverde de Lucerna». Incluso su entrada en el seminario tuvo un origen práctico y familiar —atender a los hijos de su hermana viuda—, lo que prefigura un sacerdocio orientado hacia las necesidades humanas más inmediatas. Por eso, Ángela insiste en que la santidad de Don Manuel se manifestaba en el trabajo diario: su vida consistía en «arreglar matrimonios desavenidos, reducir a sus padres hijos indómitos [...] y sobre todo consolar a los amargados y atediados, y ayudar a todos a bien morir». El caso de la hija de la tía Rabona resulta especialmente revelador: ante una joven madre soltera y un antiguo novio, Perote, que niega su paternidad, Don Manuel no pronuncia un sermón sobre la culpa o el pecado, sino que interviene de forma pragmática y compasiva:

—Mira, da padre a este pobre crío que no le tiene más que en el cielo.
—¡Pero, don Manuel, si no es mía la culpa...!
—¡Quién lo sabe, hijo, quién lo sabe...!, y, sobre todo, no se trata de culpa.

De esta manera, el pecado queda subordinado a la utilidad social y a la piedad. La posterior invalidez de Perote, consolado por el hijo que adoptó bajo el influjo del cura, confirma la eficacia de esta santidad civil: «Y hoy el pobre Perote, inválido, paralítico, tiene como báculo y consuelo de su vida al hijo aquel que, contagiado de la santidad de Don Manuel, reconoció por suyo no siéndolo».

Valverde de Lucerna opera, así, como un microcosmos simbólico delimitado por la dialéctica del paisaje. La montaña remite a la fe ascendente, firme y monolítica; el lago, en cambio, sugiere las aguas profundas y subterráneas de la duda. Don Manuel aglutina ambos accidentes geográficos: se eleva como la montaña ante su pueblo, pero guarda en su interior la hondura inquietante del lago. Frente a él, los personajes secundarios funcionan como reactivos ideológicos. La madre de Ángela encarna la fe vernácula, el fervor religioso «castísimo» y una devoción absoluta hacia Don Manuel, hasta el punto de desplazar el recuerdo de su propio esposo; Lázaro, el hermano enriquecido en América, representa, por el contrario, el laicismo secular, el racionalismo moderno y la confianza en el progreso. La inminente confrontación entre el hermano escéptico y el cura santo articulará, por tanto, la verdadera tensión de la obra: una dialéctica entre fe y razón.

En conclusión, aunque Don Manuel es presentado con los atributos propios de un santo popular, Ángela introduce de manera deliberada un profundo conflicto teológico y existencial. La narración no se perfila, por ello, como una simple hagiografía —la vida ejemplar de un santo—, sino como una indagación sobre la esencia misma de la santidad. El énfasis en las acciones concretas de Don Manuel, su interés por el bienestar terrenal de sus feligreses y la significativa cita de San Pablo que inaugura el relato sugieren que la fe del párroco podría funcionar más como un recurso para hacer la vida soportable que como una creencia firme en la vida eterna. Por ello, Ángela Carballino, gracias a su capacidad analítica y a su profunda devoción filial, se configura como la testigo clave llamada a desentrañar el misterio que subyace bajo la figura ejemplar de San Manuel Bueno.

9 de julio de 2026

LA ARGUMENTACIÓN. FORMAS Y TIPOS DE ARGUMENTOS , TÓPICOS. FALACIAS.


TEMAS QUE VAMOS A DESARROLLAR
A. ¿Qué es un texto argumentativo?.
B. ¿Cuáles son las estructuras que puede adoptar un texto argumentativo?
Tres modelos o estrategias de disposición argumentativa:
1. Disposición lineal o clásica.
2. Disposición contraargumentativa o de oposición.
3. Disposición dialéctica o de síntesis.
Según la fuerza y el orden de los argumentos:
Orden creciente (o de fuerza ascendente).
Orden decreciente (o de fuerza descendente).
Orden homérico o nestoriano.
Según el lugar de colocación de la tesis:
Estructura deductiva o analizante.
Estructura inductiva o sintetizante.
Estructura encuadrada o circular.
Estructura dialéctica.
Estructura comparativa.
Estructura repetitiva o reiterativa.
Estructura paralela.
Estructura interrogante o problematizadora.
Estructura enumerativa o acumulativa.
Estructura causal.
Estructura consecutiva.
Estructura de problema-solución.
Estructura concesiva.
Estructura refutativa.
Estructura cronológica o secuencial.
Estructura mixta o combinada.
C. Características lingüísticas de los textos argumentativos.
D. Clasificación.
Argumentos lógico-racionales.
1. Argumento de autoridad.
2. Argumento de semejanza o analogía (a simili, a pari).
3. Argumento de caysa y efecto.
4. Argumento de ejemplificación.
5. Argumento por consecuencias.
6. Argumento por generalización.
7. Argumento por signos o indicios.
8. Argumento por definición.
9. Argumento deductivo o silogístico.
10. Argumento pragmático o por utilidad, calidad o necesidad.
Argumentos empíricos.
11. Argumento de hecho y datos estadísticos.
12. Argumento de experiencia personal o testimonio.
13. Argumento por observación sistemática o inductivo-empírico.
Tópicos argumentativos o loci.
1. Tópico de utilidad o tópico preagmático.
2. Tópico de cantidad.
3. Tópico de calidad.
4. Tópico de tradición.
5. Tópico de progreso o de la novedad.
6. Tópico moral o ético.
7. Tópico de la justicia.
Apéndice. Falacias argumentativas comunes.
1. Falacia ad hominem o ataque personal.
2. Falacia ad populum o apelación emocional a la masa.
3. Falacia de la falsa causa.
4. Falacia de la generalización apresurada.
5. Falacia del muñeco de paja
6. Falacia del falso dilema.
7. Falacia desde la ignorancia (ad ignorantiam)
8. Falacia de la bola de nieve (pendiente deslizante).
9. Falacia de la cuestión compleja.
10. Falacia del recurso a la fuerza (ad baculum).
11. Falacia del recurso a la piedad (ad misericordiam).
12. Falacia por las consecuencias (ad consequentiam).
13. Falacia de autoridad (ad verecundiam).
14. Falacia de la falsa analogía.
15. Falacia de la correlación casual (post hoc ergo propter hoc).
16. Falacia de petición del principio (petitio principii).


Nota: esta entrada está encaminada, fundamentalmente, a los alumnos de bachillerato y su preparación para la PAU/EVAU.

A. ¿Qué es un texto argumentativo?

Un texto argumentativo es aquel cuya finalidad principal consiste en defender, justificar, matizar o refutar una idea, una opinión o un punto de vista acerca de un tema discutible. A diferencia de los textos meramente expositivos, que se limitan a informar o explicar una realidad, el texto argumentativo pretende intervenir en una controversia: parte de una cuestión sobre la que pueden existir distintas posturas y trata de conseguir que el destinatario acepte, al menos parcialmente, la posición defendida por el emisor. Por ejemplo, no es lo mismo explicar qué es la lectura digital que defender la tesis de que “la lectura digital no debe sustituir por completo a la lectura en papel en el ámbito educativo”. En el primer caso predomina la exposición; en el segundo, la argumentación.

No obstante, debemos distinguir entre opinión, postura o punto de vista y tesis.

La opinión es subjetiva (lo pienso yo) y no requiere de fundamentación alguna. Por regla general, no busca convencer al oyente, pues solo se quiere manifestar el propio punto de vista.
La postura o punto de vista es subjetiva (lo pienso yo), pero requiere fundamentación (por esto, lo otro...). Busca convencer al otro a través de sólidas argumentaciones.
La tesis suele ser objetiva, fundamentándose en razonamientos sólidos y en evidencias. Busca convencer, persuadir.
Hay textos que presentan opiniones sin que lleguen a ser una postura concreta del emisor (pues no se han fundamentado ni se busca convencer de nada, simplemente compartir un punto de vista). Y hay posturas, que se basan en hechos contrastables, que no son tesis, porque no son puntos de vista objetivos.

Los dos objetivos o finalidades de la argumentación, según el "Tratado de la argumentación" de Perelman y Olbrechts-Tyteca, son:

«persuadir y convencer (...). Mientras la persuasión connota la consecución de un resultdo práctico, la adopción de una actitud determinada o su puesta en práctica en la acción, el convencimiento no trasciende la esfera mental. Por otra parte, mientras la ciencia se basa en lo evidente, en precisas verdades y necesarias, en pruebas irrefutables y racionales, la filosofía y la retórica replantean siempre los problemas desde el comienzo, aportando pruebas solamente probables, razonables, preferibles, que hab de ser aceptadas responsablemente».
[Perelman, Chaïm, y Lucie Olbrechts-Tyteca. Tratado de la argumentación: la nueva retórica. Madrid: Gredos, 1989, pág. 16]

Para cumplir esa doble finalidad, el emisor aporta razones, pruebas, datos, ejemplos, comparaciones, testimonios o argumentos de autoridad con los que intenta sostener su tesis o debilitar una opinión contraria. Así, ante la tesis “conviene limitar el uso del teléfono móvil en las aulas”, podrían emplearse, por ejemplo, argumentos causales —“su uso constante dispersa la atención”—, argumentos de autoridad —“diversos informes pedagógicos advierten sobre la relación entre distracción digital y bajo rendimiento”— o argumentos por consecuencias —“si se reduce su presencia durante las clases, puede mejorar la concentración y la participación del alumnado”. La fuerza del texto argumentativo depende, por tanto, de la calidad, pertinencia y organización de esas razones.

La argumentación ha venido siendo estudiada desde dos ámbitos, el de la lógica y el de la retórica. Pero actualmente hay que añadir otros focos de interés, como el de la neoretórica, el de la teoría de la comunicación, de la pragmática, la argumentación como forma textual, como textocy como texto en situación. Vamos a exponerlo.

① Desde el punto de vista de la lógica, un argumento se concibe como un razonamiento compuesto por una o varias premisas y una conclusión. Las premisas son los enunciados que sirven de punto de partida, mientras que la conclusión es la afirmación que se pretende demostrar, justificar o inferir a partir de ellas. En este marco, lo fundamental no es tanto persuadir a un auditorio concreto como determinar si la conclusión se sigue correctamente de las premisas. Por ejemplo, en el razonamiento clásico “todos los seres humanos son mortales; Sócrates es un ser humano; por tanto, Sócrates es mortal”, la conclusión deriva necesariamente de las premisas, de modo que el argumento presenta una estructura válida.

La lógica distingue entre la verdad de los enunciados y la validez de la inferencia. Un argumento puede tener premisas verdaderas o falsas, pero será válido si la conclusión se desprende necesariamente de ellas según una forma correcta de razonamiento. Así, en los argumentos deductivos, si las premisas son verdaderas y la estructura es válida, la conclusión no puede ser falsa. En cambio, si la relación entre premisas y conclusión es defectuosa, el argumento será inválido, aunque pueda parecer convincente. Por ello, la lógica se ocupa principalmente de la coherencia interna del razonamiento y de la corrección formal del paso de unas proposiciones a otras.
Además de la deducción, la lógica y la teoría de la argumentación reconocen otros modos de razonamiento, como la inducción y la abducción. En la inducción, se parte de casos particulares para formular una conclusión general probable: “varios alumnos que leen con frecuencia obtienen mejores resultados de comprensión; por tanto, la lectura habitual favorece la competencia lectora”. En la abducción, se propone una hipótesis explicativa ante un hecho observado: “si muchos estudiantes fallan en preguntas inferenciales, quizá no se haya trabajado suficientemente la interpretación implícita”. A diferencia de la deducción, estos razonamientos no garantizan una conclusión necesaria, sino más o menos probable según la cantidad y calidad de las pruebas.

En consecuencia, desde una perspectiva lógica, un argumento se evalúa atendiendo a criterios como la validez, la consistencia, la ausencia de contradicción, la pertinencia de las premisas y la suficiencia de las pruebas. Un razonamiento es más sólido cuanto mejor conectadas están sus premisas con la conclusión y cuanto menos depende de ambigüedades, saltos injustificados o falacias. Por eso, la lógica proporciona instrumentos para analizar si un argumento está bien construido, si incurre en contradicciones o si la conclusión excede lo que las premisas permiten afirmar.
[Vega Reñón, Luis. Si de argumentar se trata. Barcelona: Montesinos, 2003.
Weston, Anthony. Las claves de la argumentación. Barcelona: Ariel, 2001].

Esta perspectiva permite establecer una primera distinción entre lógica y retórica: mientras que la lógica se centra en la corrección racional del razonamiento, la retórica atiende también a su eficacia persuasiva en una situación comunicativa concreta. Dicho de otro modo, para la lógica interesa si la conclusión se sigue adecuadamente de las premisas; para la retórica, además, importa si ese razonamiento resulta convincente para un auditorio determinado. A partir de esta diferencia puede entenderse mejor la relación, y también la tensión, entre validez lógica y fuerza persuasiva.

② Desde el punto de vista de la retórica, los argumentos no se valoran únicamente en términos de verdad o falsedad, como ocurre en la lógica formal, sino en función de su probabilidad, plausibilidad o verosimilitud dentro de un determinado contexto comunicativo. Un argumento retórico pretende obtener la adhesión de un auditorio concreto y, por ello, depende en gran medida del sistema de creencias, valores, conocimientos previos y expectativas que ese auditorio comparte —o no— con el emisor. Así, un razonamiento puede resultar convincente para un grupo de lectores/oyentes porque apela a valores que consideran legítimos, como la justicia, la utilidad, la tradición o el progreso, y ser, en cambio, poco persuasivo para otro auditorio/lector que ordena esos valores de manera distinta.

9 de junio de 2026

EVAU. LITERATURA. TEMA 9. La narrativa española posterior a 1936: tendencias, rasgos principales, autores y obras más significativas.


Dependiendo de la comunidad autónoma, los temas se estructuran completos o en epígrafes.

Aquí te ofrecemos este tema bajo el formato de 3 epígrafes, como se hace en Castilla La Mancha, listo para que lo imprimas y puedas estudiártelo.

TEMAS QUE VAMOS A DESARROLLAR
9.1. La novela en los años cuarenta: novela nacionalista, existencial y tremendista.
9.2. La novela de los años cincuenta: el realismo social (Camilo José Cela y Rafael Sánchez Ferlosio).
9.3. La novela de los sesenta y principios de los setenta (Luis Martín-Santos y Miguel Delibes)


9.1. La novela en los años cuarenta: novela nacionalista, existencial y tremendista

La Guerra Civil (1936-1939) marcó una fractura traumática en la narrativa española. La desaparición de maestros como Unamuno o Valle-Inclán y el exilio de figuras como Sender o Max Aub condenaron al país a un "páramo literario" definido por la censura y el aislamiento. La producción de esta década bascula entre la propaganda del régimen y una respuesta subjetiva que retrata la miseria espiritual de la posguerra.

  1. La novela nacionalista y de la Falange

Surge para legitimar el nuevo orden mediante un maniqueísmo radical y una prosa que recupera el realismo decimonónico o la épica imperial.

  • Ideología: Exalta la guerra como "Cruzada" y defiende los valores del nacional-catolicismo. Es una narrativa de certezas y colectividad que ignora deliberadamente la realidad social.
  • Autores y obras: Destacan La fiel infantería de García Serrano (que combina la exaltación falangista de la guerra con un estilo fragmentario y vanguardista, en el que la violencia se presenta como experiencia heroica y fundacional) y Madrid, de corte a checa de Agustín de Foxá (que ofrece una crónica ideologizada del conflicto, en la que la caída del viejo Madrid aristocrático se narra con una prosa esteticista y un marcado maniqueísmo político). Cabe señalar que autores como Gonzalo Torrente Ballester (con Javier Mariño) intentaron inicialmente una épica falangista que pronto derivaría hacia el escepticismo ante el vacío creativo del entorno.
  1. Camilo José Cela y la estética del tremendismo

En 1942, la publicación de La familia de Pascual Duarte rompe la atonía literaria. Cela inaugura el tremendismo, una selección estética de la fealdad que entronca con la tradición más negra de España: desde la picaresca y las Pinturas Negras de Goya hasta el esperpento de Valle-Inclán.

  • Técnica y determinismo: Mediante el recurso del manuscrito hallado, el autor se distancia de la moral de su protagonista. Pascual, un campesino que narra su vida (en primera persona) desde la cárcel (bajo el marco de la memoria confesional), actúa bajo un determinismo biológico y social del que no puede escapar. El tremendismo hace una selección deliberada de lo más cruel y degradante de la realidad, encarnada en personajes gobernados por el instinto y el fatalismo, que revela una concepción pesimista de la condición humana.
  • Estilo: Su prosa destaca por una aspereza léxica rica en términos rurales, convirtiendo la violencia en una lupa microscópica sobre una realidad deformada.
  1. Carmen Laforet y la novela existencial

En 1944, Nada (Premio Nadal) desplaza el foco de la violencia externa a la angustia interior.